domingo, 25 de junio de 2017

Cartas a una extraña

Cuando ha pasado mucho tiempo de una lectura, me resulta muy difícil ser fiel a los sentimientos que me produjo. Recuerdo perfectamente la impresión final, el resultado, pero no el proceso. Tengo frescos ciertos aspectos de la historia, ciertos personajes, pero olvido esos detalles que son los que diferencian a unos libros de otros.
Ese es el caso de Cartas a una extraña, de Mercedes Pinto Maldonado, que leí in ille tempore. Menos mal que la mayoría de vosotros ya la conoceréis y no es necesario descubrir nada nuevo, tan solo que compartamos y comparemos experiencias.
Por suerte para mí, no recordaba muy bien los detalles contados en tantas reseñas como había leído antes de tenerla entre mis manos, lo que me permitió ir descubriendo por mí misma sus valores y esos detalles que me hicieron disfrutarla como una gran novela, a pesar de la mala edición que me tocó en suerte.
La escritura sencilla pero llena de fuerza de la autora, su habilidad para mostrar el carácter de los personajes a través de la descripción de su aspecto, o de su entorno, la visceralidad con que Berta se enfrenta a su pasado y al presente que tiene entre las manos llenan la historia de fuerza, de pasión y de misterio. Porque cualquier excusa es buena para que veamos todas las  miserias de que es capaz el ser humano sin escrúpulos, aunque también el ser humano con corazón y con coraje.
Me pareció maravillosa la manera de plasmar la explosión de sentimientos que sufre nuestra pobre Berta cuando vuelve a su casa de la infancia, después de haber conseguido escapar de la opresión de su fría y calculadora madre (siempre doña Alberta, nunca mamá) y de su prepotente y egoísta hermana; cómo nos transmite sus miedos, sus frustraciones, su amargura, a través de los olores que encuentra pegados a los muebles, a las paredes, a la propia casa, y que le producen ataques de pánico al recordar los peores momentos; una decoración que le aprieta la garganta y le impide respirar, haciéndole perder el conocimiento.
Además de los misterios que nuestra protagonista debe resolver y de los peligros en los que se ve metida, la autora hace todo un estudio psicológico de la maldad humana, y también de la bondad, y de cómo puede marcarnos nuestra infancia, a pesar de llegar a superarla y llevar una vida normal.
En medio de este torbellino de emociones, aparecen unas cartas como un pequeño oasis para Berta, una tabla de salvación que le servirán para mantenerse más o menos firme y serena frente a todo lo que se va descubriendo capítulo a capítulo. Unas cartas que se convierten en el único punto fiable para ella, ante las mentiras en las que había vivido y que se iban desvelando poco a poco; incluso más fiables que Teresa, el "ama" que se había ocupado de quererla y de apoyarla en los peores momentos de su vida y de la que también termina por desconfiar. Gracias a ellas se enamorará de una forma que nunca habría imaginado, conseguirá fuerzas para afrontar todo lo que se le viene encima, descubrirá partes de sí misma que desconocía.
Esa mezcla de misterio, de intriga, de miserias y virtudes humanas, de reflexiones sobre lo que somos y lo que creemos, de estupendas descripciones de los distintos paisajes y ambientes hicieron que deseara no parar de leer, que me costase trabajo apagar la tablet cuando llegaba a mi destino, que utilizara cualquier tiempo perdido para volver a acompañar a Berta y a ese detective privado tan particular que era Antonio en sus pesquisas, y que disfrutara de una gran novela.
Y por último, ¿qué pensáis del final? ¿No os pareció un poco atropellado? Quizás fuesen las pocas ganas que tenía de despedirme de esta historia, pero yo lo habría trabajado un poquito más. Ya me contareis.

domingo, 11 de junio de 2017

Entre libros

Decidí acercarme a la Feria del Libro caminando, así que bajé por la calle de Alcalá, desde Goya hasta el Retiro, despacito y por la sombra. Estaba a punto de cruzar la calle, a la altura de la Casa Árabe, cuando se presentaba ante mis ojos el primer aperitivo librero de la tarde: una librería de viejo. El escaparate estaba lleno de libros antiguos, de encuadernaciones con solera e historia propias, con contenidos de otras épocas, y yo no pegaba la nariz contra el cristal por vergüenza, pero me costaba contener el impulso.

   
Me despegué de allí con pena, pero pensando en todo lo que me esperaba dentro del parque, haciendo una lista mental de las dos o tres casetas que quería visitar sí o sí e imaginándome el resultado final de mi paseo entre los libros. Sin embargo, aún tuve que esperar.
   Faltaban tres cuartos de hora para que se abriera de nuevo la Feria. Paseábamos por allí, los impacientes de siempre, los curiosos y algunos deportistas. Mis ganas se consolaban viendo la exposición de fotografías que acompañan cada año el comienzo del recorrido desde la puerta de la calle O'Donnell, mientras los árboles me daban sombra.
   
Miré el reloj en el último panel y el tiempo seguía alargándose hasta el infinito, como si se empeñara en retrasar mi cita. Así que esperé y esperé delante de un café con hielo en una de las terrazas que dan cobijo a los visitantes, tamborileando de vez en cuando sobre la mesa, consultando las firmas de esa tarde, buscando el número de esas casetas obligadas. De pronto, empezaron a abrir los más madrugadores, los impacientes se acercaban agachando la cabeza por debajo de los cierres y algún "feriante" incluso hacía su primera venta antes de que sonase el pistoletazo de salida.
   Y por fin sonó la megafonía y, como pequeñas hormigas que aparecen de repente junto al bocata de tortilla olvidado sobre el césped, los visitantes iban inundando las calles y casetas. Al principio, tan tímidamente, que la Feria parecía desolada, y abandonada. Yo misma me sentía extraña con tanto espacio a mi alrededor, nadie me metía el codo en el costado para ser el primero de la fila y asomarse antes al muestrario de títulos, nadie se chocaba conmigo de frente metido a contracorriente en la avalancha de espectadores. Supuse que serían los 34 grados empeñados  en instalarse en el parque, o lo temprano de la tarde, y empecé el recorrido disfrutando de una ocasión que seguramente no volvería a tener en mucho tiempo.
   
   Los primeros títulos se presentaban ante mí mientras se anunciaban las actividades para los más pequeños en el pabellón de Portugal, país invitado en esta ocasión. Un libro en francés aquí, uno de Impedimenta allí, y poco a poco iba llenando los ojos de posibilidades y la bolsa, de libros. Ya llegaba al final del recorrido y en una de las casetas situada a pleno sol, en donde apenas se paraban los paseantes, vi el nombre de un escritor que mi infancia aventurera y soñadora adoraba. Julio Verne volvía a mi encuentro después de muchísimo tiempo, para sorprenderme con una novela que parecía distinta a las que me habían hecho soñar. Así que no pude resistirme a sus encantos y pasó a ser mi última adquisición.
   Hoy termina la 76 edición, y como todos los años, se marcha dejándome la sensación de no haber aprovechado lo suficiente todo lo que ofrecía. Como cada año, echo por los aires mi ritual de organización. Como cada año, se me escapan los autores que más me interesan. Como cada año, me siento aturdida ante tanto "dulce" diferente, sin saber cuál elegir o probar. Como cada año, todo pasa muy rápido y vuelvo a hacerme la promesa de organizarme mucho mejor el año que viene. Pero sé, que el año que viene volveré a perderme entre los libros.

domingo, 7 de mayo de 2017

Arcadia

Cuando empecé a leer esta novela, me parecía encontrar continuamente alusiones a otros libros fantásticos: Alicia en el País de las Maravillas o Las crónicas de Narnia, además de Orwell y por supuesto Tolkien. Esto no me molestaba en absoluto, porque me garantizaba una buena formación del autor y, muchas posibilidades de una buena obra. Después, según avanzaba la historia, me iba sorprendiendo cada vez más con la mezcla de géneros que se perfilaban y que prometían un relato de lo más original. Y así ha sido. Esta novela puede ser perfectamente literatura fantástica, por supuesto de misterio, pero también romántica, de aventuras, de ciencia-ficción y, si mi apuráis, hasta novela negra. Todo ello, se reparte en tres hilos temporales diferentes, muy bien combinados y alternados, sin que uno destaque sobre los demás, aunque yo haya  tenido mi preferido, pero eso es simplemente una cuestión de gustos personales.
   Algunos de los protagonistas nos cuentan en primera persona su historia, mientras que un narrador omnisciente nos relata el resto de lo que va pasando. Y así nos vamos metiendo en los diferentes mundos y vamos saltando de una historia a otra. No creáis que es fácil hablar del argumento sin espachurrar partes importantes que, creo, deben ir descubriéndose poco a poco, al menos no lo es para mí. El profesor Lytten está escribiendo una novela en la que imagina un mundo ideal, según su criterio, que se convierte en el eje que enlaza unos personajes con otros, a través del tiempo y del espacio. Pero contar cómo sucede esto, como se van cruzando los protagonistas de los distintos momentos y lugares revelaría muchos detalles que es mejor ir descubriendo poco a poco y que se van intuyendo gracias a la estupenda habilidad del autor para crear tensión y misterio, para hacernos dudar en determinadas ocasiones, para empujarnos a sospechar de todo y de todos. Incluso he buscado la sinopsis que se hace de la novela en internet y, evidentemente, cuenta bien poco: Rosie se encuentra en el sótano de su amigo Henry Lytten la entrada a otro mundo, Anterworld, y en él vive todo tipo de aventuras. Mientras, a este lado, Lytten también vive las suyas propias. Y en otro diferente, un científico esta trabajando en una máquina con la que trata de demostrar que el tiempo y el espacio no existen. Esto no aclara demasiado, ¿verdad? 
   
Pues bien, la virtud de esta novela es precisamente esa vaguedad sobre el argumento, que permite que el lector vaya imaginando, intuyendo y descubriendo lo que pasa, poco a poco, saboreándolo. Además, cuenta con unas excelentes descripciones de los diferentes entornos en los que se desarrolla la novela y de algunos personajes, de quienes hace un retrato psicológico a través de su aspecto físico. También aprovecha el autor los distintos mundos para hacer valoraciones sobre la sociedad, algunos hechos históricos, la valentía de algunos personajes. Es curioso como en cada uno de esos mundos existe un rebelde que se revela contra lo establecido; una buena moraleja. Confieso, sin embargo, que en algunos momentos no sabía muy bien a dónde quería llegar el autor y me sentía un poquito perdida; he llegado a sospechar de cualquier nuevo personaje que aparecía en la historia, sintiéndome a veces un pelín paranoica. Pero, en general, ha sido una estupenda tarea de investigación.
   En conclusión, he disfrutado mucho de una novela bien escrita, con estupendas descripciones de los ambientes y los personajes, salteada de toques de sarcasmo y de ironía, con alguna que otra realidad imaginada que asusta y muy muy original. Solo puedo dar las gracias a nuestra amiga Mónica Serendipia por darme a conocer esta historia a través de su blog. Espero que alguno de vosotros se anime también a hincarle el diente. 

domingo, 23 de abril de 2017

Odiseo, Ulises, ¿qué más da?

¿Importa el nombre que le demos a los héroes? ¿Habrían hecho lo mismo de haberse llamado de otra forma? Il mio nome è nessuno, título de esta novela de Valerio Massimo Manfredi, parece indicar que no importa demasiado. Pero yo no pondría las manos en el fuego.
   Para empezar, fue el nombre de este escritor lo que hizo que me decidiera por el libro. Ya había sufrido el amargor de ciertas novelas "desconocidas", por haberlas elegido guiándome solo por el título o la portada. Y no era la primera vez que me había "tragado" algún que otro "infumable" por haberme fiado solamente de la síntesis de la contra. No, no estaba dispuesta a pasar por lo mismo de nuevo, y Manfredi significaba para mí garantía de un libro bien escrito, de agilidad en la historia, de alternancia de reflexiones y aventuras, de aprender y recordar hechos históricos, y de disfrutar, de disfrutar mucho. Por eso, apenas me fijé en lo demás.
   Ya lo tenía entre las manos e iba derecha hacia la caja. Estaba dispuesta a correr el riesgo, cuando de repente me entraron las dudas; aún estaba a tiempo de dejarlo si no me gustaba el argumento. Muy despacito giré el libro, y leí la contra. Y vi otro nombre, Odiseo. Y otro más, Troya. Y el entusiasmo me corrió de la cabeza a los pies y me marché de allí con la sonrisita estúpida que el alivio me había puesto en la cara.
   
   Poco a poco fui descubriendo los entresijos de la novela, destapando misterios. El propio Odiseo me los enseñaba página a página, con sus reflexiones, sus dudas y sus miedos. Él mismo me iba contando su historia: la infancia sin su padre, el rey Laerte, de "gira" por el mundo junto a Jasón para buscar el vellocino de oro; su aprendizaje junto a Mentore mientras crecía cuidado por su nodriza Mai y su bella e inteligente madre; el día en que finalmente volvió su padre; su juventud aprendiendo de él y el viaje que hicieron juntos para conocer a los otros grandes reyes de la antigua Acaya; sus primeros pasos como el nuevo rey de Ítaca y su encuentro con Elena y Penélope; y finalmente, Troya.
   No es simplemente otro relato sobre una de las guerras más famosas de la historia; es el relato de Odiseo, uno de sus principales protagonistas. Y lo que hace Manfredi es dejar que él lo cuente como se lo contaría a un amigo, a un confesor, reconociendo sus errores y sus faltas. La historia se mezcla con la leyenda, los personajes ficticios con los que no lo fueron, las partes imaginadas por Homero con las que pudieron haberse producido realmente. Y en medio de todo ello, yo, totalmente enganchada a la lectura, descubriendo a un protagonista más humano y menos legendario de lo que estaba acostumbrada, más real. Es otra característica del autor, dar a los protagonistas de la historia dimensiones reales, debilidades y fortalezas humanas, hacerles de carne y hueso.
   Al cerrar el libro, sentí nostalgia de lo leído, y esto para mí significa haber estado dentro de una buena historia.

domingo, 26 de marzo de 2017

Momentos musicales

No leer sin escuchar a la vez.



Ella estaba segura de haber oído, a lo lejos, el sonido de los cascos de los caballos acercándose a la aldea. Habían empezado ya las primeras nevadas y, dentro de muy poco, todo se quedaría encerrado sin remedio en el pequeño valle que unía las dos montañas gigantes donde habitaban esos dioses tan furiosos que dirigían las vidas de los habitantes del poblado y que obligaban a muchos de ellos a marcharse lejos para asegurarse de poder resistir un invierno más. Era lógico que de un momento a otro volvieran los que se habían marchado al comenzar el otoño.
   Ella casi había olvidado porqué había llegado allí o cuánto tiempo hacía de aquello. Solo recordaba su decisión de quedarse, la paz de su mente y de su cuerpo al haber encontrado su objetivo, la seguridad absoluta de que estaba haciendo lo correcto. El calor de aquella pequeña mano a la salida de la escuela donde acababa de despedirse la sacudió por dentro y la llenó de una convicción absoluta sobre lo que tenía que hacer, permanecer allí hasta su vuelta. Fue tan fácil; solo tuvo que hacer lo que había hecho siempre, no luchar contra lo que se le presentaba, dejarse arrastrar por las circunstancias, pero esta vez sintiéndose feliz, segura de que eso era exactamente lo que quería.
   Así que cuando el ruido de los caballos era ya evidente, cuando la gente se arremolinaba a la entrada de la aldea para recibir a los jinetes, ella apenas podía respirar, solo esperaba verlo llegar entre los demás. Los rumores decían que las luchas habían sido más crudas esta vez, que los enfrentamientos con los compradores en el mercado habían sido mayores, que cada vez era más difícil proteger los productos y conseguir después un buen precio por ellos. Y se aferró a aquella pequeña mano caliente y blandita que había seguido con ella todo ese tiempo.
   Por fin desmontaron los jinetes, por fin aquella manita pudo soltarse de la suya y por fin pudo verlo a él cogiendo al pequeño en volandas y estrujándolo como si estuviera hecho de algodón. Por fin podía sentir aquel latigazo en la punta de los dedos que sintió cuando lo había cogido de las manos para despedirse, aquel chispazo al acariciar su cara cuando le prometía que cuidaría de aquellas manitas calientes y regordetas. Por fin pudo abrazarlo todo lo fuerte que le dejaron sus brazos y sentir la misma tormenta eléctrica que sintió en la despedida. 
   Caían ya los primeros copos, blancos y grandes como plumas. Había que prepararlo todo para el invierno. La casa estaba fría aún, hacía falta recubrirla muy bien de todas aquellas cosas que les unían sin que hubiera una razón lógica. Solo así podrían superar todas las idas y venidas que les estaban aguardando agazapadas. Y el brazo que rodeaba su cintura y la pequeña mano que calentaba su espíritu le aseguraron que pasaría muchos muchos muchos inviernos en aquella aldea.

Qué cosas imagina la mente cuando escucha una música mágica como esta. Sennen no Inori, del grupo japonés Himekami.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...