domingo, 24 de septiembre de 2017

Entre detectives y legionarios romanos

Estas últimas semanas he tenido entre manos unas lecturas bien distintas. Empecé con unos asesinatos en el Londres victoriano y terminé a orillas del Rin, en plena guerra entre germanos y romanos. De una historia de detectives que tenía a Charles Dickens como uno de sus protagonistas, a una novela histórica sobre una de las mayores derrotas sufridas por el imperio romano. ¿Por qué las he unido aquí? Por las cosas en común que han tenido para mí y, honestamente, porque no sabía si darían para una entrada propia.
   Su primer punto en común está en la manera en que las conseguí: sin pensar. Me explico. La primera de ellas El detective y Charles Dickens, de William J. Palmer, estaba en una de las estanterías de una tienda de libros de segunda mano que me topé por casualidad viniendo del trabajo. Era una de esas tardes calurosísimas en las que se derretían las piedras y la semioscuridad de la librería me hizo creer que allí encontraría el aliento que empezaba a faltarme. ¿Qué mejor que recuperarlo entre libros? Pero nada más lejos, la atmósfera dentro era más sofocante que fuera (donde, al menos, corría el aire) y una jovencísima dependienta me perseguía sin descanso ofreciéndome las "increíbles" ofertas de las que podía disfrutar. Mi agobio llegó a tal punto que, cuando vi "Dickens" y "detective" en una misma frase, no lo pensé más y lo compré, para escapar lo antes posible del bochorno. Ya leería la sinopsis más tarde.   
   La segunda novela andaba camuflándose entre las páginas de la revista de Círculo de lectores, a la que yo llevaba ojeando unos días sin encontrar nada que me convenciese. Los wasap de mi agente habían saltado sin descanso los últimos días recordándome que llegaba la fecha del pedido y que yo estaba todavía en Babia; que me decidía o me encascetaba la sugerencia del mes, que no me apetecía nada. En la misma situación de agobio que en el caso anterior, empecé a hojear la revista, hasta que mis ojos se atascaron en Valerio Massimo Manfredi y en Teotoburgo. ¡Anda! --pensé--. Una de romanos. Pues esta misma.
   
El segundo punto en común fue el entusiasmo con que las empecé a leer. En la El detective..., Palmer conseguía crear esa atmósfera tan londinense de calles húmedas, lúgubres y envueltas en niebla, donde parece que no queda más remedio que cometer un asesinato. Los personajes de Dickens y del inspector Feald, que investiga el asesinato de un conocido hombre del teatro, eran bastante convincentes, lo mismo que el del narrador de la historia, Willkie Collins, amigo personal de Dickens y autor de este supuesto manuscrito, autobiogrgáfico e inédito, que desvela las aventuras detectivescas del famoso escritor. El misterio estaba servido y la intriga también.
   La segunda novela me presentaba la historia de dos hermanos, Armin y Wulf, príncipes de la tribu de los queruscos, que son hechos prisioneros por una legión romana y llevados como rehenes a Roma para ser educados y "civilizados" a la manera del Imperio (entonces dirigido por Augusto). La descripción de costumbres de una y otra cultura, las intrigas políticas de la Urbe, el choque de mundos con el que se encuentran los dos muchachos y la habilidad de Manfredi para hacer que la Historia se convierta en un estupendo argumento novelesco me prometían una gran lectura.
   Ya estamos en el tercer punto en común: esa parte media del libro, el meollo de la historia, esa franja tan peligrosa que puede hacer que abandones un libro, ese punto crítico que, si no superas con facilidad, te pone en la disyuntiva de mandarlo todo a paseo. Y aquí, por desgracia, también coincidieron. Me encontré con una caída en picado del argumento, unas situaciones que no terminaba de entender entre los protagonistas, unas reflexiones y unas escenas que rompían completamente con el inicio de la novela, como si los dos autores se hubieran cansado de escribir, como si se les hubieran acabado las pilas en pleno proceso creador y estuvieran tratando de cruzar el foso como fuera, a ver si en la otra orilla encontraban el camino de subida.
   Mientras Palmer se recreaba, sin ton ni son, es escenas sórdidas sobre los vicios y pecados de la sociedad victoriana de aquel entonces, Manfredi metía a sus protagonistas en un acertijo sin sentido que debían resolver lo antes posible, porque se suponía que podía cambiar el curso de la Historia, pero que lo único para lo que sirvió fue para dejarme confundida y sin ser capaz de "pillarle" las intenciones al maestro. En los dos libros, sus autores habían bajado la cuesta pedaleando a toda pastilla en una bici de carreras y ahora tenían que subir la montaña sin aliento y en triciclo. Y yo empezaba a cansarme también y a desear que terminaran pronto. ¿Hay algo más triste?
 Y, por fin, el último y definitivo punto en común: el giro; ese momento en el que las cosas cambian como por un golpe de viento y la historia empieza a coger carrerilla y a engancharte de nuevo. En el primer caso, Dickens y su amigo Willkie se ven metidos de lleno en la vorágine de la investigación, como héroes y actores principales, como mano derecha del comisario Field, para conseguir las pruebas que permitan atrapar al asesino y rescatar a la "prota" (candorosa y muy femenina ella) de un destino horrible; además, lo hace entremezclando muy bien la ficción con los hechos reales de la vida del escritor. En el segundo caso, Manfredi vuelve a surgir de sus cenizas para recrear los hechos históricos con una mezcla de leyenda y realidad, metiéndose en la piel de los protagonistas para darles vida de nuevo y contándonos, de una forma frenética y emocionante, el enfrentamiento que hizo desistir a Roma de convertir Germania en una nueva provincia del imperio.
   Al terminar cada uno de ellos, me quedé con la sensación de despiste que dejan esas vivencias anodinas que no sabes cómo calificar. ¿Fueron malas lecturas? No, pero tampoco fueron buenas. ¿Me dejaron mal sabor de boca? Pues tampoco, pero no es que las paladeara más allá de la última página. ¿Las debería haber dejado en el olvido? En absoluto, pero no me sentía capaz de dedicarles una entrada particular a cada una. Así que, lo mejor era que se hicieran compañía.

domingo, 27 de agosto de 2017

Más allá del invierno

Hasta esta noche, en que nos ha visitado la tormenta, cualquier cosa que me sonara a frío me atraía. Me imaginé paisajes helados, chimeneas ardiendo para calentar unos pies gélidos, pisadas en la nieve... Pero, claro, no me paré a pensar que se trataba de Allende y que nada es lo que parece. Hay nieve, es cierto, de hecho una tormenta descomunal, que es la que desata la historia y pone a los personajes "a trabajar" en latrama. Pero no hay nada de frío, nada.
   Lo que encontramos son experiencias desgarradoras, luchas personales, fuerzas interiores y pasión, y sentimientos fortísimos, y situaciones límite... En fin, lo que suelo encontrarme en sus novelas. Lo de menos es el argumento, sino los latigazos emocionales de sus protagonistas, sus sentimientos y su lucha por sobrevivir.
   La excusa que utiliza esta vez es una tormenta que deja prácticamente incomunicados a los habitantes de Brooklyn y que pone a Lucía, Richard y Evelyn en una situación muy, pero que muy difícil. Esta situación les empuja a una aventura bastante peligrosa que, sin embargo, les servirá para curar heridas y para recuperar parcelas de su vida que habían perdido.
   Y no digo más de esto por que espachurraría por completo la novela y las sorpresas que debe ir descubriendo el lector. Así que os hablaré de Allende y de lo que me gusta de su forma de contar.
   En primer lugar, esa habilidad suya para meterme de cabeza en la historia. Casi desde el principio me siento parte del grupo protagonista, como si fueran a pedirme consejo de un momento a otro. Son personajes tan reales que tengo la sensación de conocerlos desde hace tiempo. Son fuertes, valientes y tienen que afrontar unas pruebas que hace que les admire continuamente.

   En segundo lugar, me chifla su capacidad para crear el entorno donde se mueven los personajes, siempre marcándoles el paso, determinando sus comportamientos, y que le sirve para hacer un análisis, muchas veces también una crítica, de los pecados y defectos de nuestro mundo. En él deben sobrevivir los protagonistas, mostrando sus sentimientos, sus miedos, sus fortalezas. Son tan "viscerales" siempre.
   En tercer lugar, me encanta la facilidad con la que mezcla los fenómenos mágicos, espirituales, de tradiciones ancestrales, con la más pura y cruda realidad, como para darnos un respiro o una tabla de salvación. Al menos, así lo utilizan en este caso dos de los protagonistas.
   Y como siempre hay que incluir algún pequeño "pero" para darle vidilla al asunto y poder crear un poco de discusión, he encontrado algo hacia el final (¡ay! Señor, los finales...), de aplicación de justicia propia que no me convence. Apañados estaríamos si cada uno decidiéramos qué justicia merece cada cual. Pero, oye, al fin y al cabo, es su novela, y la administra como le parece.
   
¿Y de su forma de escribir? Cálida, cercana, fácil, equilibrando perfectamente un lenguaje coloquial con la elegancia y la riqueza. Una forma de escribir clara, muy visual y yo diría... "desde las entrañas", que transmite como nadie los sentimientos y las sensaciones con las que se mueven los personajes, todos, hasta el que pasaba por allí; ese secundario cuya misión es ayudar a que tenga lugar la trama también tiene su propia historia detrás, también voy a aprender algo con él, también tiene sus propias dimensiones.
   En definitiva, por si no os habíais dado cuenta, he disfrutado de lo lindo con este libro. Y es que me gusta Isabel Allende, que le voy a hacer, con sus luces y sombras, sus tics y sus recursos, me gusta mucho. Porque siempre consigue envolverme e incluirme en su aventura.
"Se había aventurado con Richard más allá del terreno conocido y seguro, obligados ambos por la desventurada Kathryn Brown, y al hacerlo iban revelando quienes eran".

domingo, 20 de agosto de 2017

Las lecturas de mi verano

En verano, mi tiempo se sale de madre. La rutina se interrumpe continuamente por periodos  de veraneo llenos de comidas fuera de hora, aperitivos a cualquier hora, desayunos descomunales que duran horas, cenas a malas horas... todo descontrolado y salpicado a lo largo del día según surga. Este desorden, sin embargo, me permite picotear de muchas cosas diferentes y saborearlas sin prisa, paladeando, desde un paseo por la playa con el sol recién salido, o una exposición sin cabezas incómodas y miopes, hasta lecturas calmadas manchadas de arena, de horchata o de una Mahou bien fresquita.
Esas lecturas no han sido muchas si las comparamos, pero sí han sido siempre estupendas compañeras. La que llegó primero fue La casa de Vapor, de un Julio Verne decidido a pronosticar las vacaciones futuras de los aventureros que se llevan la casa a cuestas. Como su tamaño era considerable, me vi obligada a sustituirlo por Penelope Fitzgerald y su El inicio de la primavera, que se acomodaba mejor en la mochila de viaje y me traía los fríos de Rusia a principios del siglo XX. Estos dos amigos se alternaron unos días mientras los iba acabando, poco a poco, entre la cama y el tren que me devolvían a la rutina, aunque fuera solo por un tiempo.
Durante esta etapa de recuperación de la normalidad, eché mano de Care Santos para adaptarme de nuevo, ya que había estado "poniéndome ojitos" desde que Círculo la trajo a casa. Con Media vida, me colé en una reunión de antiguas compañeras de colegio y me enteré de todas sus desventuras. El sabor de boca fue extraño, fresco de paso pero con aristas y retrogusto amargo. 
Esto hizo que, con la vuelta al maravilloso desorden del segundo veraneo, me tirara de cabeza a por una lectura que yo imaginaba relajadísima, es decir, entretenimiento sin pretensiones. Busqué en la bolsa de las últimas adquisiciones, que aún colgaba del respaldo de la silla, y me decidí por La tumba perdida, de Nacho Ares quien, de la mano de Howard Carter, abrió para mí la tumba de Tutankamón y me permitió acompañarle en todos los tejemanejes y misterios que persiguieron a su descubridor y a su equipo. Empecemos el recorrido.
La casa de vapor. Un grupo de amigos atraviesan la India en el primer prototipo de caravana que Julio Verne imaginó muchos años antes de que los alemanes lanzaran la primera de su especie. Buscaban diferentes objetivos, hoy, políticamente nada correctos: uno, la caza del tigre número cincuenta, otro, la venganza por la muerte de su esposa a manos de los rebeldes sublevados contra el imperio de "su graciosa majestad", el resto, ayudar en lo que puedieran. Además del descubrimiento de zonas y costumbres del país, he descubierto cómo cambian los puntos de vista y los valores morales de una época. 
La amistad y el honor podían justificar actitudes que hoy no compartiríamos, aunque justifiquemos otras igual de inmorales. Además de comprobar los conocimientos científicos del señor Verne, he disfrutado de la aventura y de la fantasía que emocionaba a los lectores del siglo XIX.
El inicio de la primavera. Penelope Fitzgerald no me ha defraudado, como me esperaba. Caí rendida a sus pies en La librería, aunque me marché bastante cabreada con el final, igual que aquí. En un ambiente totalmente distinto a ese pueblecito de Hardborough, aunque igual de opresor, Frank Reid debe afrontar el abandono de su mujer y los conflictos sociales de principios del siglo XX en medio de los fríos rusos, mientras la primavera va llegando a Moscú, despacito. ¿Lo más increíble para mí? La capacidad de la escritora para comportarse como un auténtico autor ruso en esa capacidad de dejarme boquiabierta por el comportamiento de los personajes: extraño, incomprensible e ilógico, al menos para mí, evidentemente. 
La he visto combinar magistralmente su maravillosa capacidad de describir los paisajes al más puro estilo victoriano con esos personajes de la literatura rusa tan emocionales y extremados, que pasan del llanto a la euforia en lo que dura un abrazo; todo esto dicho desde mi exclusivo y personal punto de vista, y según mi experiencia personal of course.
Media vida. Cuatro antiguas compañeras de colegio deciden reunirse después de treinta años. Algunas han tenido relación, otras no, pero ninguna ha conseguido olvidar lo que vivieron en ese internado de monjas de los años cincuenta. Con esto os lo digo todo. 
A pesar de cuánto me gusta cómo escribe esta escritora, de su capacidad para volcar los sentimientos más extremos de sus personajes sin resultar amarillista, de la facilidad con la que consigue que conecte con sus protagonistas, en esta ocasión, me ha hecho sentirme ante un ajuste de cuentas, un resarcimiento personal o algo así, donde hay malos malísimos y buenos buenísimos, sin grises. 
Esto no quiere decir que no haya disfrutado de la novela, pero no tanto como esperaba cuando la veía tan colocadita en la estantería, teniendo en cuenta lo vivido con otras de sus obras.
La tumba perdida. Howard Carter acaba de descubrir la tumba del farón-niño, pero no solo eso; hay algo más que hace que intenten matar a sus amigos y echarle a él del país. Nacho Ares, conocido por su colaboración en Cuarto milenio, no me ofrecía muchas garantías (es que los famosos de la tele me dan cierto yuyu) y, por suerte, sin ningún fundamento. Además de encajar perfectamente los datos históricos y los posibles hechos reales con la ficción literaria, ha humanizado la figura de este egiptólogo imaginando sus miedos y dudas, los rasgos de su carácter, su relación con su mundo, etc. Y ha hecho lo mismo con Tutankamón viajando a su reinado. Me ha traído y llevado de 1922 d.C. a 1327 a.C. sin que me despeinase, disfrutando tanto de un momento como de otro y alternándolos con mucho equilibrio. Y lo mejor: ha sido capaz de "imaginar" lo que pasó en ambos periodos sin darle patadas al rigor histórico y respetando lo "posible" y lo "probable", algo que no pasa muy a menudo en la novela histórica.
Ahora me las veo con Isabel Allende que, como de costumbre, me tiene "embrujada", curiosamente, igual que hace un año por estas fechas con El amante japonés. Pero esa es otra historia, que contaré más adelante.

domingo, 30 de julio de 2017

Presentando a...

Mientras sigo luchando con el tiempo y aprendiendo a manejarlo y a ralentizarlo, vuelvo a la sana costumbre de presentaros en mi blog a los escritores que intentan abrirse camino y dar a conocer sus obras, algo que sabéis que no es nada fácil.
   En este caso, se pasó por mi correo Oscar Montoya que, con el pseudónimo de Montoya Jackson, me ofrecía la novela Últimos días de maternidad. Menos mal que este licenciado en Derecho me advertía de que el título ocultaba su auténtico contenido, porque no me veía yo frente a contracciones, paritorios, o epidurales. 
   Este eterno escritor residente en Vigo me confesaba que, después de llevar escribiendo toda su vida, fue el año pasado cuando se decidió a presentar sus relatos a un concurso, Hablando con letras, del que quedó finalista con el micro relato Código Fuente.
Como sus palabras valen más que cualquier explicación mía, os pongo a continuación la sinopsis que el autor me ha enviado, para que conozcáis de primera mano lo que contiene:
“Quiero escribir la palabra CARIÑO, pero el texto predictivo recomienda CARROÑA”.
Isabel Almoyna (madre tardía y primeriza, ex votante socialista), es una mujer casada y algo huraña, dotada de un humor descarnado. Una noche, en pleno disfrute de su permiso de maternidad, escucha discutir a sus vecinos. El hombre agrede a su mujer e Isabel llama a la policía (ha leído en Wikipedia el significado del fenómeno psicológico conocido como “efecto espectador” o “difusión de la responsabilidad”). El machista es detenido, pero posteriormente su mujer no presenta denuncia. 
Al cabo de unos días, Isabel recibe una llamada. Es de los Servicios Sociales: una trabajadora social desea entrevistarse con ella. Al parecer, ha recibido una serie de denuncias que alertan de un trato negligente, dispensado por Isabel hacia su hija. El protocolo público de protección al menor se pone en marcha. 
“Últimos días de maternidad” es el testimonio en primera persona de Isabel: una cuenta atrás donde la situación del país y del mundo se superponen a su situación personal. Todo ello aderezado con cantidades importantes de humor negro, irreverencia y crítica social. 
“Si todos los ex votantes de partidos socialdemócratas europeos encendieran un mechero al mismo tiempo, las lucecitas podrían verse desde el espacio”.
M.J.
Y esto es todo por mi parte sobre esta: "comedia autoeditada de 176 páginas". Para aquellos de vosotros que quiera saber cómo se las arregla Isabel, su creador me ha dejado los siguientes datos de contacto:
Correo:
Página Facebook:
Mucha suerte, Óscar.

domingo, 23 de julio de 2017

Frenético

Últimamente tengo la sensación de vivir en una montaña rusa, no por subir y bajar constantemente (aunque también), sino por la velocidad con que lo hago. Tengo la sensación de atravesar la vida como un rayo, sin pausa para ver lo que voy dejando a lo largo del camino. Últimamente, se me escurren las horas entre las manos; no soy capaz de hacer nada que esté fuera de la rutina diaria sin que el tiempo se "me eche encima" sin intención de apearse. Así, cuando llega la noche, no he sido capaz de hacer nada más que lo que suelo hacer cada día.
   Esto afecta especialmente a la lectura. La habilidad para devorar libros que me ha acompañado toda la vida parece haberse esfumado sin que me haya dado cuenta, y veo como los libros se apilan en la mesa sin ser capaz de aligerar su torre. Y creedme, esto ha pasado en un abrir y cerrar de ojos, que es lo más terrorífico de todo.
   Posiblemente, todo esto sea "ley de vida"; posiblemente, sea falta de habilidad por mi parte para gestionar las horas; posiblemente, necesite un curso del tan "manoseado" y "aclamado" Mindfulness que me ayude a ser más ¿provechosa? Sinceramente, no lo sé, pero os aseguro que el estrés y la fatiga padecidos hasta ahora por intentar llegar a la meta cargada de actividades "extraescolares" han llegado a su fin. Se terminó el sentimiento de culpa por no poder leer más allá de dos o tres libros al mes, y esa "angustia vital" por no tener nada de lo que escribir en el blog al final de la semana; se acabó esa pesadumbre eterna por no verme capaz de participar en retos o sorteos. C'est fini.
   A partir de ahora pienso "masticar" cada página del libro que tenga entre manos, tarde lo que tarde, sin remordimientos, porque la lectura no es un maratón para acumular títulos en un tiempo récord, sino una experiencia personal de cada lector, independientemente del tiempo recorrido. A partir de ahora, voy a "intentar" pasear al trote en vez de al galope, aunque el resto me adelante como si viajase en el AVE. A partir de ahora, me sentaré a escribir con calma, cuando tenga cosas que decir, sin importar la fecha de la última entrada, y sin necesidad de borrar una y otra vez lo que escribo o anularlo directamente porque ni yo misma percibo el mensaje.


   
   En fin, todo esto no es más que una explicación de mi falta de entradas "libreriles" o, quizás, una justificación de  mi falta de "apariciones "blogueriles" y de la acumulación de notas en la cabeza y en la libreta sobre esos últimos libros leídos y aún no reseñados. Libros más o menos afortunados pero siempre útiles. Esa La guerra de las dos rosas. Tormenta, de Conn Iggulden, que me dejó más frío que calor. O Le jardin des lumières, de Amin Maalouf, siempre sorprendente. O la que ahora mismo tengo entre las manos, La casa de vapor, de Julio Verne, que quisiera terminar (sin presión) lo antes posible para seguir con la que llevé en la maleta estos días de playa, El inicio de la primavera, de Penelope Fiztgerald, que tan sorprendida me está dejando.
   En resumen, pienso caminar tranquilamente por lo que leo para ser capaz de saborearlo y retenerlo mucho más de lo que lo he hecho hasta ahora. Pienso mirar la torre de libros acumulados con emoción ante la posibilidad de elegir una nueva lectura y no con angustia por el número de ejemplares. Me acercaré al ordenador para escribir con ganas lo que tenga revoloteando por la mente, sin la presión de una fecha o del tiempo transcurrido. Solo espero que sigáis ahí cada vez que vuelva y que no se os acabe la paciencia de asomaros a ver si realmente he vuelto. Yo ya os doy las gracias de antemano.

domingo, 25 de junio de 2017

Cartas a una extraña

Cuando ha pasado mucho tiempo de una lectura, me resulta muy difícil ser fiel a los sentimientos que me produjo. Recuerdo perfectamente la impresión final, el resultado, pero no el proceso. Tengo frescos ciertos aspectos de la historia, ciertos personajes, pero olvido esos detalles que son los que diferencian a unos libros de otros.
Ese es el caso de Cartas a una extraña, de Mercedes Pinto Maldonado, que leí in ille tempore. Menos mal que la mayoría de vosotros ya la conoceréis y no es necesario descubrir nada nuevo, tan solo que compartamos y comparemos experiencias.
Por suerte para mí, no recordaba muy bien los detalles contados en tantas reseñas como había leído antes de tenerla entre mis manos, lo que me permitió ir descubriendo por mí misma sus valores y esos detalles que me hicieron disfrutarla como una gran novela, a pesar de la mala edición que me tocó en suerte.
La escritura sencilla pero llena de fuerza de la autora, su habilidad para mostrar el carácter de los personajes a través de la descripción de su aspecto, o de su entorno, la visceralidad con que Berta se enfrenta a su pasado y al presente que tiene entre las manos llenan la historia de fuerza, de pasión y de misterio. Porque cualquier excusa es buena para que veamos todas las  miserias de que es capaz el ser humano sin escrúpulos, aunque también el ser humano con corazón y con coraje.
Me pareció maravillosa la manera de plasmar la explosión de sentimientos que sufre nuestra pobre Berta cuando vuelve a su casa de la infancia, después de haber conseguido escapar de la opresión de su fría y calculadora madre (siempre doña Alberta, nunca mamá) y de su prepotente y egoísta hermana; cómo nos transmite sus miedos, sus frustraciones, su amargura, a través de los olores que encuentra pegados a los muebles, a las paredes, a la propia casa, y que le producen ataques de pánico al recordar los peores momentos; una decoración que le aprieta la garganta y le impide respirar, haciéndole perder el conocimiento.
Además de los misterios que nuestra protagonista debe resolver y de los peligros en los que se ve metida, la autora hace todo un estudio psicológico de la maldad humana, y también de la bondad, y de cómo puede marcarnos nuestra infancia, a pesar de llegar a superarla y llevar una vida normal.
En medio de este torbellino de emociones, aparecen unas cartas como un pequeño oasis para Berta, una tabla de salvación que le servirán para mantenerse más o menos firme y serena frente a todo lo que se va descubriendo capítulo a capítulo. Unas cartas que se convierten en el único punto fiable para ella, ante las mentiras en las que había vivido y que se iban desvelando poco a poco; incluso más fiables que Teresa, el "ama" que se había ocupado de quererla y de apoyarla en los peores momentos de su vida y de la que también termina por desconfiar. Gracias a ellas se enamorará de una forma que nunca habría imaginado, conseguirá fuerzas para afrontar todo lo que se le viene encima, descubrirá partes de sí misma que desconocía.
Esa mezcla de misterio, de intriga, de miserias y virtudes humanas, de reflexiones sobre lo que somos y lo que creemos, de estupendas descripciones de los distintos paisajes y ambientes hicieron que deseara no parar de leer, que me costase trabajo apagar la tablet cuando llegaba a mi destino, que utilizara cualquier tiempo perdido para volver a acompañar a Berta y a ese detective privado tan particular que era Antonio en sus pesquisas, y que disfrutara de una gran novela.
Y por último, ¿qué pensáis del final? ¿No os pareció un poco atropellado? Quizás fuesen las pocas ganas que tenía de despedirme de esta historia, pero yo lo habría trabajado un poquito más. Ya me contareis.

domingo, 11 de junio de 2017

Entre libros

Decidí acercarme a la Feria del Libro caminando, así que bajé por la calle de Alcalá, desde Goya hasta el Retiro, despacito y por la sombra. Estaba a punto de cruzar la calle, a la altura de la Casa Árabe, cuando se presentaba ante mis ojos el primer aperitivo librero de la tarde: una librería de viejo. El escaparate estaba lleno de libros antiguos, de encuadernaciones con solera e historia propias, con contenidos de otras épocas, y yo no pegaba la nariz contra el cristal por vergüenza, pero me costaba contener el impulso.

   
Me despegué de allí con pena, pero pensando en todo lo que me esperaba dentro del parque, haciendo una lista mental de las dos o tres casetas que quería visitar sí o sí e imaginándome el resultado final de mi paseo entre los libros. Sin embargo, aún tuve que esperar.
   Faltaban tres cuartos de hora para que se abriera de nuevo la Feria. Paseábamos por allí, los impacientes de siempre, los curiosos y algunos deportistas. Mis ganas se consolaban viendo la exposición de fotografías que acompañan cada año el comienzo del recorrido desde la puerta de la calle O'Donnell, mientras los árboles me daban sombra.
   
Miré el reloj en el último panel y el tiempo seguía alargándose hasta el infinito, como si se empeñara en retrasar mi cita. Así que esperé y esperé delante de un café con hielo en una de las terrazas que dan cobijo a los visitantes, tamborileando de vez en cuando sobre la mesa, consultando las firmas de esa tarde, buscando el número de esas casetas obligadas. De pronto, empezaron a abrir los más madrugadores, los impacientes se acercaban agachando la cabeza por debajo de los cierres y algún "feriante" incluso hacía su primera venta antes de que sonase el pistoletazo de salida.
   Y por fin sonó la megafonía y, como pequeñas hormigas que aparecen de repente junto al bocata de tortilla olvidado sobre el césped, los visitantes iban inundando las calles y casetas. Al principio, tan tímidamente, que la Feria parecía desolada, y abandonada. Yo misma me sentía extraña con tanto espacio a mi alrededor, nadie me metía el codo en el costado para ser el primero de la fila y asomarse antes al muestrario de títulos, nadie se chocaba conmigo de frente metido a contracorriente en la avalancha de espectadores. Supuse que serían los 34 grados empeñados  en instalarse en el parque, o lo temprano de la tarde, y empecé el recorrido disfrutando de una ocasión que seguramente no volvería a tener en mucho tiempo.
   
   Los primeros títulos se presentaban ante mí mientras se anunciaban las actividades para los más pequeños en el pabellón de Portugal, país invitado en esta ocasión. Un libro en francés aquí, uno de Impedimenta allí, y poco a poco iba llenando los ojos de posibilidades y la bolsa, de libros. Ya llegaba al final del recorrido y en una de las casetas situada a pleno sol, en donde apenas se paraban los paseantes, vi el nombre de un escritor que mi infancia aventurera y soñadora adoraba. Julio Verne volvía a mi encuentro después de muchísimo tiempo, para sorprenderme con una novela que parecía distinta a las que me habían hecho soñar. Así que no pude resistirme a sus encantos y pasó a ser mi última adquisición.
   Hoy termina la 76 edición, y como todos los años, se marcha dejándome la sensación de no haber aprovechado lo suficiente todo lo que ofrecía. Como cada año, echo por los aires mi ritual de organización. Como cada año, se me escapan los autores que más me interesan. Como cada año, me siento aturdida ante tanto "dulce" diferente, sin saber cuál elegir o probar. Como cada año, todo pasa muy rápido y vuelvo a hacerme la promesa de organizarme mucho mejor el año que viene. Pero sé, que el año que viene volveré a perderme entre los libros.

domingo, 7 de mayo de 2017

Arcadia

Cuando empecé a leer esta novela, me parecía encontrar continuamente alusiones a otros libros fantásticos: Alicia en el País de las Maravillas o Las crónicas de Narnia, además de Orwell y por supuesto Tolkien. Esto no me molestaba en absoluto, porque me garantizaba una buena formación del autor y, muchas posibilidades de una buena obra. Después, según avanzaba la historia, me iba sorprendiendo cada vez más con la mezcla de géneros que se perfilaban y que prometían un relato de lo más original. Y así ha sido. Esta novela puede ser perfectamente literatura fantástica, por supuesto de misterio, pero también romántica, de aventuras, de ciencia-ficción y, si mi apuráis, hasta novela negra. Todo ello, se reparte en tres hilos temporales diferentes, muy bien combinados y alternados, sin que uno destaque sobre los demás, aunque yo haya  tenido mi preferido, pero eso es simplemente una cuestión de gustos personales.
   Algunos de los protagonistas nos cuentan en primera persona su historia, mientras que un narrador omnisciente nos relata el resto de lo que va pasando. Y así nos vamos metiendo en los diferentes mundos y vamos saltando de una historia a otra. No creáis que es fácil hablar del argumento sin espachurrar partes importantes que, creo, deben ir descubriéndose poco a poco, al menos no lo es para mí. El profesor Lytten está escribiendo una novela en la que imagina un mundo ideal, según su criterio, que se convierte en el eje que enlaza unos personajes con otros, a través del tiempo y del espacio. Pero contar cómo sucede esto, como se van cruzando los protagonistas de los distintos momentos y lugares revelaría muchos detalles que es mejor ir descubriendo poco a poco y que se van intuyendo gracias a la estupenda habilidad del autor para crear tensión y misterio, para hacernos dudar en determinadas ocasiones, para empujarnos a sospechar de todo y de todos. Incluso he buscado la sinopsis que se hace de la novela en internet y, evidentemente, cuenta bien poco: Rosie se encuentra en el sótano de su amigo Henry Lytten la entrada a otro mundo, Anterworld, y en él vive todo tipo de aventuras. Mientras, a este lado, Lytten también vive las suyas propias. Y en otro diferente, un científico esta trabajando en una máquina con la que trata de demostrar que el tiempo y el espacio no existen. Esto no aclara demasiado, ¿verdad? 
   
Pues bien, la virtud de esta novela es precisamente esa vaguedad sobre el argumento, que permite que el lector vaya imaginando, intuyendo y descubriendo lo que pasa, poco a poco, saboreándolo. Además, cuenta con unas excelentes descripciones de los diferentes entornos en los que se desarrolla la novela y de algunos personajes, de quienes hace un retrato psicológico a través de su aspecto físico. También aprovecha el autor los distintos mundos para hacer valoraciones sobre la sociedad, algunos hechos históricos, la valentía de algunos personajes. Es curioso como en cada uno de esos mundos existe un rebelde que se revela contra lo establecido; una buena moraleja. Confieso, sin embargo, que en algunos momentos no sabía muy bien a dónde quería llegar el autor y me sentía un poquito perdida; he llegado a sospechar de cualquier nuevo personaje que aparecía en la historia, sintiéndome a veces un pelín paranoica. Pero, en general, ha sido una estupenda tarea de investigación.
   En conclusión, he disfrutado mucho de una novela bien escrita, con estupendas descripciones de los ambientes y los personajes, salteada de toques de sarcasmo y de ironía, con alguna que otra realidad imaginada que asusta y muy muy original. Solo puedo dar las gracias a nuestra amiga Mónica Serendipia por darme a conocer esta historia a través de su blog. Espero que alguno de vosotros se anime también a hincarle el diente. 

domingo, 23 de abril de 2017

Odiseo, Ulises, ¿qué más da?

¿Importa el nombre que le demos a los héroes? ¿Habrían hecho lo mismo de haberse llamado de otra forma? Il mio nome è nessuno, título de esta novela de Valerio Massimo Manfredi, parece indicar que no importa demasiado. Pero yo no pondría las manos en el fuego.
   Para empezar, fue el nombre de este escritor lo que hizo que me decidiera por el libro. Ya había sufrido el amargor de ciertas novelas "desconocidas", por haberlas elegido guiándome solo por el título o la portada. Y no era la primera vez que me había "tragado" algún que otro "infumable" por haberme fiado solamente de la síntesis de la contra. No, no estaba dispuesta a pasar por lo mismo de nuevo, y Manfredi significaba para mí garantía de un libro bien escrito, de agilidad en la historia, de alternancia de reflexiones y aventuras, de aprender y recordar hechos históricos, y de disfrutar, de disfrutar mucho. Por eso, apenas me fijé en lo demás.
   Ya lo tenía entre las manos e iba derecha hacia la caja. Estaba dispuesta a correr el riesgo, cuando de repente me entraron las dudas; aún estaba a tiempo de dejarlo si no me gustaba el argumento. Muy despacito giré el libro, y leí la contra. Y vi otro nombre, Odiseo. Y otro más, Troya. Y el entusiasmo me corrió de la cabeza a los pies y me marché de allí con la sonrisita estúpida que el alivio me había puesto en la cara.
   
   Poco a poco fui descubriendo los entresijos de la novela, destapando misterios. El propio Odiseo me los enseñaba página a página, con sus reflexiones, sus dudas y sus miedos. Él mismo me iba contando su historia: la infancia sin su padre, el rey Laerte, de "gira" por el mundo junto a Jasón para buscar el vellocino de oro; su aprendizaje junto a Mentore mientras crecía cuidado por su nodriza Mai y su bella e inteligente madre; el día en que finalmente volvió su padre; su juventud aprendiendo de él y el viaje que hicieron juntos para conocer a los otros grandes reyes de la antigua Acaya; sus primeros pasos como el nuevo rey de Ítaca y su encuentro con Elena y Penélope; y finalmente, Troya.
   No es simplemente otro relato sobre una de las guerras más famosas de la historia; es el relato de Odiseo, uno de sus principales protagonistas. Y lo que hace Manfredi es dejar que él lo cuente como se lo contaría a un amigo, a un confesor, reconociendo sus errores y sus faltas. La historia se mezcla con la leyenda, los personajes ficticios con los que no lo fueron, las partes imaginadas por Homero con las que pudieron haberse producido realmente. Y en medio de todo ello, yo, totalmente enganchada a la lectura, descubriendo a un protagonista más humano y menos legendario de lo que estaba acostumbrada, más real. Es otra característica del autor, dar a los protagonistas de la historia dimensiones reales, debilidades y fortalezas humanas, hacerles de carne y hueso.
   Al cerrar el libro, sentí nostalgia de lo leído, y esto para mí significa haber estado dentro de una buena historia.

domingo, 26 de marzo de 2017

Momentos musicales

No leer sin escuchar a la vez.



Ella estaba segura de haber oído, a lo lejos, el sonido de los cascos de los caballos acercándose a la aldea. Habían empezado ya las primeras nevadas y, dentro de muy poco, todo se quedaría encerrado sin remedio en el pequeño valle que unía las dos montañas gigantes donde habitaban esos dioses tan furiosos que dirigían las vidas de los habitantes del poblado y que obligaban a muchos de ellos a marcharse lejos para asegurarse de poder resistir un invierno más. Era lógico que de un momento a otro volvieran los que se habían marchado al comenzar el otoño.
   Ella casi había olvidado porqué había llegado allí o cuánto tiempo hacía de aquello. Solo recordaba su decisión de quedarse, la paz de su mente y de su cuerpo al haber encontrado su objetivo, la seguridad absoluta de que estaba haciendo lo correcto. El calor de aquella pequeña mano a la salida de la escuela donde acababa de despedirse la sacudió por dentro y la llenó de una convicción absoluta sobre lo que tenía que hacer, permanecer allí hasta su vuelta. Fue tan fácil; solo tuvo que hacer lo que había hecho siempre, no luchar contra lo que se le presentaba, dejarse arrastrar por las circunstancias, pero esta vez sintiéndose feliz, segura de que eso era exactamente lo que quería.
   Así que cuando el ruido de los caballos era ya evidente, cuando la gente se arremolinaba a la entrada de la aldea para recibir a los jinetes, ella apenas podía respirar, solo esperaba verlo llegar entre los demás. Los rumores decían que las luchas habían sido más crudas esta vez, que los enfrentamientos con los compradores en el mercado habían sido mayores, que cada vez era más difícil proteger los productos y conseguir después un buen precio por ellos. Y se aferró a aquella pequeña mano caliente y blandita que había seguido con ella todo ese tiempo.
   Por fin desmontaron los jinetes, por fin aquella manita pudo soltarse de la suya y por fin pudo verlo a él cogiendo al pequeño en volandas y estrujándolo como si estuviera hecho de algodón. Por fin podía sentir aquel latigazo en la punta de los dedos que sintió cuando lo había cogido de las manos para despedirse, aquel chispazo al acariciar su cara cuando le prometía que cuidaría de aquellas manitas calientes y regordetas. Por fin pudo abrazarlo todo lo fuerte que le dejaron sus brazos y sentir la misma tormenta eléctrica que sintió en la despedida. 
   Caían ya los primeros copos, blancos y grandes como plumas. Había que prepararlo todo para el invierno. La casa estaba fría aún, hacía falta recubrirla muy bien de todas aquellas cosas que les unían sin que hubiera una razón lógica. Solo así podrían superar todas las idas y venidas que les estaban aguardando agazapadas. Y el brazo que rodeaba su cintura y la pequeña mano que calentaba su espíritu le aseguraron que pasaría muchos muchos muchos inviernos en aquella aldea.

Qué cosas imagina la mente cuando escucha una música mágica como esta. Sennen no Inori, del grupo japonés Himekami.

domingo, 12 de marzo de 2017

El maestro: Sorolla

Casa museo Joaquín Sorolla. Madrid
Eso de que no solo de pan vive el hombre es una verdad como un templo, porque también vive de darle gusto al espíritu: con arte, con días de sol y con buena compañía. Y ya después se dedica uno al pan, al vino, al aperitivo y a unas buenas raciones con los amigos.
   Ayer fue uno de esos días que salen redondos, que empiezas con un paseo mañanero mientras notas los primeros calorcitos de un sol que promete, sigues con una exposición de esas que te llenan el alma y acabas pasando de unas risas a otras, hablando de lo divino y de lo humano, y brindando por Sorolla.
   ¿Por qué precisamente por Sorolla? Porque gracias a él veníamos de disfrutar de esas cosas que solo los grandes artistas consiguen: transmitir; transmitir sensaciones, atmósferas, vivencias y luz, eso es lo que don Joaquín había hecho en esos cuadros, y nos había dado de lleno a nosotros. Así que... ¡A brindar por él!
   La entrada en su casa ya es un privilegio. Te recibe un jardín pequeño y encantador que parece estar siempre lleno de luz, da igual como esté el día, y que te lleva despacito, de patio a patio y de fuente a rincón hasta la entrada. Dentro está su casa, llena de su vida: sus cuadros, sus pinceles, sus libros, sus fotografías, y estoy segura que de sus pensamientos. Esta vez, además, estaba también la exposición Sorolla en París, que recogía aquellas pinturas con las que el maestro dejó boquiabiertos a los artistas parisinos, al tiempo que él también los admiraba, aprendía de ellos y se hacía más grande, transformando todo aquello en su propia forma de pintar.
   
Cosiendo la vela
Él venía de Venecia, de aprender allí también de los grandes, llevando con él su admiración por Velázquez, que no es poco, lo que le permitía valorar mejor lo que encontraba. De aquí pasó a París, y allí les enseñó algo de lo que llevaba bajo el brazo, a ver qué les parecía. ¿Qué les iba a parecer?:
"Una vez más es un extranjero, Joaquín Sorolla, de Valencia, quien da la nota más resonante y quien produce la mayor impresión”. -- Charles Yriarte, Supplément du Figaro, Paris, 1895."
(…) [los apuntes] encerraban en sus pocos centímetros cuadrados toda la brisa marina, toda la magia huidiza del Mediterráneo, con un brío, con una ciencia, con un ardor, con una flexibilidad y un virtuosismo en los valores, que maravillaban la vista y el espíritu”. -- Camille Mauclaire. L’Art et la Décoration, 1906."
   Sorolla aprendió todo lo que pudo, en lo que era el centro del mundo artístico, empapándose del naturalismo, el impresionismo y la increíble vida artística que existía en París. A cambio les dejó la luz del Mediterráneo, la calidez de su sol, la habilidad de pintar la atmósfera y su maestría para tocar el corazón, al menos el mío.
  Yo sentía la brisa del mar cuando te acercas a la orilla para mojarte los pies, notaba el calor del sol cuando te sientas en las rocas, el frescor y el resguardo de las parras cuando fuera aprieta el bochorno. Notaba su amor por su familia en los retratos que se exponían, el respeto por el otro en sus pinturas de pescadores, mujeres y niños, y su enorme amor al mar. Era imposible pasear entre sus cuadros sin emocionarse, sin disfrutar. Alguna amiga me enseño su carne de gallina ante una de sus obras. A menos que se tuviera agua en las venas o los pies muy doloridos, era impensable moverse por allí, de paso, como el que ve escaparates; no quedarse clavado al suelo ante un agua cristalina que se movía y reflejaba los rayos del sol; no abrir la boca como un bobo viendo chapotear a los niños en la orilla o a los pescadores arrastrando sus barcas.
Pescadores valencianos

    No, imposible. La única posibilidad que esta exposición dejaba era la de marcharse de allí flotando, habiendo alimentado al espíritu con el mejor manjar, y dejándolo ya listo para las necesidades del cuerpo, que en este caso se apaciguaron con un tinto ribera, un blanco barbadillo y unas raciones a su altura.
   "Aquello no es pintar, es robar a la naturaleza la luz y los colores. -- Vicente Blasco Ibáñez, 1887."

domingo, 5 de marzo de 2017

Una auténtica montaña rusa

No sé que me pasa últimamente con los libros que leo, que me resulta muy difícil escribir sobre ellos. Algunos, porque apenas me han sacudido y han sido más un entretenimiento en los viajes que una vivencia. Otros, porque han supuesto tantos altibajos que no sé cómo explicarlos.
   Eso es lo que me pasa con La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza, que no sé por dónde empezar. Porque todo ha sido un subir y bajar constante. Ha habido momentos verdaderamente magistrales, en los que la ironía estaba manejada con tanta habilidad que las carcajadas se me escapaban en medio de un vagón atestado de gente comatosa y anestesiada por lo intempestivo de la hora. Esa ironía hacía que el ridículo o la grosería de lo que se vivía en la novela se mantuvieran sujetos, sin escaparse, para que la escena resultará genial en vez de grotesca. Otras veces, sin embargo, me tenía que meter entre pecho y espalda unas cuantas páginas de pensamientos e ideas manidas que me cansaban más que el madrugón que acababa de darme y que me hacían buscar cuánto faltaba para el final; un "subeybaja" continuo, ¡vaya!
   A pesar de eso tengo que ser honesta y confesar que Onofre Bouvila ha conseguido engancharme la mayor parte del tiempo, y con él, y sobre todo, su ciudad, Barcelona, con la que cambia y crece y se transforma a la vez. La historia de los dos se une de exposición universal en exposición universal. Desde 1888 a 1929, el autor nos cuenta la historia de Barcelona y de España, utilizando a Onofre y todo lo que le rodea, que no es poco. Vemos cambiar a los dos al mismo tiempo, uno gracias a la otra y al revés, dando saltos en el tiempo a través de los recuerdos del protagonista. Esto me resultaba a veces un poco confuso, pero enseguida volvía a situarme en el meollo y a coger las riendas. Esos saltos, además, han estado acompañados del más puro estilo "esperpéntico" de Valle Inclán, al entremezclar perfectamente la descripción cruda y real con la superstición y la legenda.
Publicado por DOVEL

   Onofre es un niño pobre que se marcha a la gran ciudad a ganarse la vida, dando con sus huesos en una pensión de mala muerte donde aprende a sobrevivir y donde se une a ciertas personas que le acompañarán el resto de su vida. Será su inteligencia, su frialdad y su falta de escrúpulos los que le llevarán a lo más alto, a la abundancia y al poder más absolutos, influyendo en todo, absolutamente en todo lo que transforma Barcelona.
   La forma de narrar es tranquila, pausada, como de otra época, cuando se escribía para que leyéramos sin prisa, solamente para contarnos cosas y no para sacudirnos permanentemente. Por eso se detiene en los detalles, en la descripción de las escenas y de los pensamientos, sobre todo de Onofre, sin apenas diferenciar los diálogos, que no son muchos, de la narración. Los golpes de ironía y de sarcasmo aparecen a todas horas y sin avisar, como si el autor quisiera romper el ritmo de las vidas tristes y sórdidas de los personajes, algo que he agradecido muchísimo para superar esos momentos en los que desconectaba de la historia.
   
Exposición universal de 1929
Que es una novela interesante, no hay duda; que se merece el reconocimiento que tiene, no lo discuto; pero que me ha producido una sensación de amor-odio permanente, por supuesto. Y esto es lo que me hace tan difícil describirla y analizarla como seguramente se merece. Por eso, lo mejor en estos casos, es dejar paso a las experiencias de otros, para comparar y aprender. Así que, aquí os dejo el guante.

domingo, 19 de febrero de 2017

El Principito

Mientras estudiaba el bachillerato, El Principito era una de esas lecturas  que entusiasmaba a todo el mundo; leerlo te incluía en los grupos "culturetas" del momento; era el libro que "había" que leer si querías entrar en las conversaciones "guays"; era la historia que te tenía que impactar si querías demostrar tu "riqueza" interior. Y yo, que siempre he estado fuera de lugar, que nunca he conseguido encajar en ninguna parte y que "demostraba" haberme caído de otro planeta, tenía mis narices totalmente metidas en El Quijote y mi corazón atado a Becquer. Cuanto más entusiasmo demostraban los demás, menos ganas me daban a mí de leerlo, y este defecto, que me ha acompañado hasta ahora, ha mantenido este libro lejos de mí durante años. 
   Sin embargo, un buen día, el destino que es muy suyo, decidió volver a la carga y hacerme entrar por el aro. Buscando lecturas para mi clase de francés (a ver si avanzaba de una vez por todas), intentaba alcanzar un novela de Amin Maalouf que algún "reponedor espabilao" había decidido colocar en la última balda de la estantería. Como si fuera un complot del cosmos, en el intento se calló a mis pies un libro pequeño y de pocas páginas, que además tenía el precio perfecto. Y fue así como El Principito se presentó ante mis narices al cabo de los años, dándome otra oportunidad para enmendar mi error. Y aunque torcí el gesto de nuevo, terminé rindiéndome a la evidencia.
   
   Página a página, y poco a poco por algún que otro tropiezo con el idioma, fui descubriendo lo que había enamorado a mis compañeros de bachillerato y a miles de personas en todo el mundo. Paso a paso fui entrando en los entresijos de la historia, viajando con el pequeño príncipe por todos esos planetas hasta llegar al nuestro. Fui desentrañando la "moraleja" que Antoine de Saint-Euxpéry presentaba con ese envoltorio de cuento infantil, sus reflexiones sobre la amistad, la soledad, el objetivo que cada uno se marca en la vida, y todos esos rasgos que la mayoría de vosotros ya sabréis.
   Y así llegué al final, en un abrir y cerrar de ojos, en un volver y pasar de página; con una sensación muy agradable y el orgullo personal de haber superado un antiguo prejuicio. Soy consciente de que no estoy descubriendo nada nuevo y de que no aporto nada original sobre sus virtudes. Pero me da igual; yo me paso por aquí para contar lo que siento con un libro, aunque no siempre consiga transmitirlo con eficacia, y a que me contéis, si queréis, lo que habéis experimentado vosotros. Así que, ¡adelante!

domingo, 5 de febrero de 2017

Anne Perry no defrauda

Así, es. Hasta ahora, esta escritora nunca me ha defraudado. Es una de mis mejores píldoras de desintoxicación después de un libro maravilloso. Porque cuando termino un libro que me ha robado el corazón, me resulta muy difícil elegir otro; tengo la cabeza y el espíritu llenos de su historia y sus personajes, y necesito buscar algo que me desenganche, pero que esté a la altura. Entonces llega Anne Perry y me rescata de ese vacío, me presenta un buen crimen, se lo encarga a uno de sus detectives estrella y me seduce mientras doy el salto a la siguiente lectura.
   Por eso, cuando paseaba entre las estanterías de la librería, los ojos se me escaparon derechitos hacía la última novela de esta autora, Un misterio en Toledo, que aparecía deslumbrante en la cima de la montaña de "novedades". Desde allí me provocaba constantemente, daba igual el sitio en el que me colocase, ¡cómo si yo fuera una mujer difícil que se fuera a resistir! En absoluto. Me lancé como una flecha a por él, leí el resumen de la contraportada y me lo llevé bajo el brazo directamente a caja, para que no hubiera otras posibles tentaciones.
   Y así es como conseguí engancharme de nuevo, gracias a una historia de intriga de la buena, que mezcla cuestiones de fe, de intereses políticos y de venganzas personales. Además, parte de la historia transcurría en Toledo y algunos de los personajes eran españoles, lo que despertó mi curiosidad sobre la forma en que los trataría la autora: ¿con los tópicos habituales?, ¿como un simple instrumento? o ¿bien "armados" como acostumbra? Aunque tengo que decir que la historia ha sido más flojilla que otras veces, sus "virtudes" continúan siendo las mismas que me atraparon hace años: una excelente recreación de los lugares y de las situaciones; unos personajes muy reales y muy creíbles, y un argumento interesante y bien construido, que consiguió atraparme de principio a fin.
   En esta ocasión, la situación social y política tienen mucho que ver en la historia: el siglo XIX estaba acabando y la mayor parte de Europa hacía frente a una grave crisis política y económica: amenazas terroristas, luchas sociales, y el temor de que la guerra entre España y Estados Unidos por el dominio de Cuba arrastrara también a Inglaterra. Con este ambiente, llega a Londres desde Toledo, Sofía Delacruz, para predicar una nueva filosofía religiosa que ponía los pelos de punta al más pintado y levantaba ampollas entre ateos y creyentes, daba igual su credo. Thomas Pitt y su equipo deberán protegerla de las amenazas continuas que recibe, por eso, cuando desaparece, Pitt y su esposa Charlotte (que no se pierde una) se entregan en cuerpo y alma a resolver el caso, cada uno en su terreno.
Instituto Provincial de Toledo. Foto tomada de ABC.Toledo
   Lo de menos aquí es el argumento que, como decía, ha sido más débil que en sus novelas anteriores, con algunos puntos no muy creíbles y algunos personajes un tanto planos para lo que me tiene acostumbrada. Sin embargo, su capacidad de recrear ambientes es la misma: desde los sórdidos tugurios del crimen, donde el Támesis es imprescindible para marcar esa sensación de suciedad y frío que rodea al mal, hasta las bibliotecas y saloncitos de té de las maravillosas casas de la aristocracia victoriana en donde reciben a nuestro detective, unas elegantes y cálidas, otras frías e hipócritas, pero todas grandiosas. En esta novela, se une además la ciudad de Toledo, con sus calles estrechas y misteriosas, sus conventos y hasta una pequeña "colonia" de ingleses perfectamente integrados en su vida social. Y mientras descifraba los hechos y escudriñaba a los posibles sospechosos, disfrutaba de una historia bien documentada en sus referencias sobre lo que supuso entonces la guerra de Cuba y la situación de revueltas sociales y políticas que sufría España.
   Ahora, al cerrar el libro y la historia, Thomas y Charlotte Pitt me han dejado el espíritu dispuesto para la próxima lectura. Ellos tampoco me defraudan.

domingo, 29 de enero de 2017

Simplemente magia

Es evidente que no voy a descubrir ahora las virtudes de Irène Nèmirovsky como escritora. Tampoco, una de sus novelas más conocidas, Sutie Francesa. Pero lo que sí voy a hacer es dar rienda suelta a la admiración que tengo por esta mujer, por su elegancia a la hora de relatar, por la sencillez tan poética en su manera de contar las historias y por su facilidad y comprensión para ponerse en el lugar del otro.
   Después de saber cómo terminó su vida, en un campo de concentración nazi, después de haber vivido en la sombra, sin poder publicar y llevando la estrella amarilla por ser judía, es impactante (y emotiva) la elegancia que demuestra al hablar de la ocupación alemana en Francia, su compresión tanto del invadido como del invasor, la cruda descripción de la huida de París, del "éxodo" como ella lo llama, y de los diferentes comportamientos de los personajes en su lucha por sobrevivir.
   Leer a Nèmirovsky resulta tan fácil, sin gramáticas rebuscadas ni vocabulario complicado, que todo fluye sin esfuerzo. Su lenguaje preciso, rico y cercano consigue crear como nadie el ambiente en el que se mueven los protagonistas: el miedo, la angustia, la incertidumbre, la esperanza, y hace que les conozcamos a través de pequeños detalles, con sutiliza, sin explicarnos nada, sino permitiendo que lo deduzcamos nosotros solos.
   La primera parte de la novela, en la que se describe la larga marcha de los refugiados, es tan actual, que casi da miedo. El silencio, a pesar de la multitud, las pertenencias acarreadas de cualquier manera, las largas filas de coches... transmiten la tensión, el miedo; el rechazo en los lugares por donde pasan, la escasez de casi todo, la masa sin rostro que provoca una mezcla de miedo e incertidumbre entre los propios franceses. Con una sencillez que asombra, va retratando a los personajes, a quienes las situaciones extremas les hacen reaccionar según sus sentimientos más escondidos: con egoísmo o con generosidad, con cobardía o con arrojo, con piedad o con rabia, y hacen que nos preguntemos qué haríamos nosotros. 
   
Escena de la película
Al mismo tiempo, crea un relato dinámico gracias a la variedad de personajes, cada uno con su propio pasado y con su propia carga, y a los distintos lugares y situaciones que van apareciendo. Y el dolor y el miedo se mezclan con la belleza y la paz, como dándonos a todos un respiro. 
   Después, cuando se centra en la relación de Lucile y el general alemán, consigue plasmar los distintos puntos de vista, las diferentes reacciones de los personajes ante la ocupación, sin juzgar, simplemente mostrando las razones de cada uno para actuar como lo hace, sin adoctrinar al lector ni llevarlo a su terreno, sino dándole libertad para que él elija, algo que deberían aprender algunos escritores actuales.
   Siempre que cierro un libro de esta escritora tengo la sensación de acercarme más a ella, como si hubiera utilizado su novela para hacerme confidencias, para ser su amiga. Sin alharacas ni aspavientos, tranquilamente y con enorme elegancia, Irène Nèmirovsky hace magia.

domingo, 15 de enero de 2017

El regreso

Hace frío fuera del blog. Ya os lo digo. El tiempo pasa de prisa, la rutina vence casi siempre, las obligaciones son unas tiranas y, cuando quise darme cuenta, hacía tanto tiempo que no volvía a mi refugio personal, a mi rincón, que empecé a sentirme extraña en mi propio "espacio".
   Pero ¡Qué fácil es volver! Por suerte, los dedos recuerdan perfectamente dónde están las teclas y cuál es el recorrido necesario para llenar la hoja en blanco. Y para sentirme en casa de nuevo, nada mejor que hablaros de mis últimas lecturas.
   Empezaré con El nombre propio de la felicidad, de María Jeunet, un libro que cogí con ganas, que tenía toques de humor, buenos trucos para engancharte y un argumento entretenido. Pero según avanzaba el libro, la historia de Nico se me hacía más forzada, menos real. Si hubiera sido una película del tipo Descalzos por el parque, no tendría objeciones, pero en un libro, necesito que la historia me resulte posible, o si no, que me la presenten de antemano como una fábula.
   Nuestro protagonista es un joven atractivo que vive en una buhardilla en París y que, aunque trabaja vigilando las cámaras del metro, en realidad es escritor de cuentos infantiles, concretamente, de uno tan tan famoso que no hay niño que no lo conozca y lo adore. Además es bueno hasta decir basta, encantador, pendiente de hacer felices a quienes le rodean, amigo de sus amigos, en fin, un "premio de la lotería". Se enamora de una chica que ve en uno de los andenes, la busca sin descanso, se devana los sesos para poder encontrarla, la encuentra, se conocen, se enamora, y todo esto, mientras visita a su madre sin falta todos los fines de semana, le busca novio a su jefe, ayuda a su amigo a reconciliarse con su exmujer, a su amiga de la infancia a tener su propio café, a su amiga enferma a sobrellevar el tratamiento y, además, hace frente a su editor, que le presiona día y noche para que escriba otro maravilloso cuento que le permita quedarse en esa editorial. 
   
  Llegó un momento que me quedé sin aliento de tantos malavares, y eso que todo está bastante bien hilvanado, los personajes caen bien y las historias de cada uno se van intercalando en su justa medida, para no cansar y para ayudar a Nico, nuestro protagonista, a lucir cualidades. Hay buen rollo, buena gente y buenos sentimientos, quizás demasiados para mí en ese momento. Ni siquiera el revés que sufre nuestro amigo rompe ese ritmo. El problema para mí era que no me lo creía. Y cuando eso pasa, todo lo demás se vuelve menos importante.
Sin embargo, y a pesar de todo, llegué hasta el final, me alegré de los éxitos de  los personajes, se me escapó algún que otro puchero allí donde había que hacerlos y lo cerré satisfecha de una lectura que me había acompañado un tiempecito y que me había entretenido.
El siguiente libro fue... Bueno, eso mejor lo dejo para una próxima entrada que me anime a volver prontito por aquí. Nos leemos.
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