domingo, 7 de mayo de 2017

Arcadia

Cuando empecé a leer esta novela, me parecía encontrar continuamente alusiones a otros libros fantásticos: Alicia en el País de las Maravillas o Las crónicas de Narnia, además de Orwell y por supuesto Tolkien. Esto no me molestaba en absoluto, porque me garantizaba una buena formación del autor y, muchas posibilidades de una buena obra. Después, según avanzaba la historia, me iba sorprendiendo cada vez más con la mezcla de géneros que se perfilaban y que prometían un relato de lo más original. Y así ha sido. Esta novela puede ser perfectamente literatura fantástica, por supuesto de misterio, pero también romántica, de aventuras, de ciencia-ficción y, si mi apuráis, hasta novela negra. Todo ello, se reparte en tres hilos temporales diferentes, muy bien combinados y alternados, sin que uno destaque sobre los demás, aunque yo haya  tenido mi preferido, pero eso es simplemente una cuestión de gustos personales.
   Algunos de los protagonistas nos cuentan en primera persona su historia, mientras que un narrador omnisciente nos relata el resto de lo que va pasando. Y así nos vamos metiendo en los diferentes mundos y vamos saltando de una historia a otra. No creáis que es fácil hablar del argumento sin espachurrar partes importantes que, creo, deben ir descubriéndose poco a poco, al menos no lo es para mí. El profesor Lytten está escribiendo una novela en la que imagina un mundo ideal, según su criterio, que se convierte en el eje que enlaza unos personajes con otros, a través del tiempo y del espacio. Pero contar cómo sucede esto, como se van cruzando los protagonistas de los distintos momentos y lugares revelaría muchos detalles que es mejor ir descubriendo poco a poco y que se van intuyendo gracias a la estupenda habilidad del autor para crear tensión y misterio, para hacernos dudar en determinadas ocasiones, para empujarnos a sospechar de todo y de todos. Incluso he buscado la sinopsis que se hace de la novela en internet y, evidentemente, cuenta bien poco: Rosie se encuentra en el sótano de su amigo Henry Lytten la entrada a otro mundo, Anterworld, y en él vive todo tipo de aventuras. Mientras, a este lado, Lytten también vive las suyas propias. Y en otro diferente, un científico esta trabajando en una máquina con la que trata de demostrar que el tiempo y el espacio no existen. Esto no aclara demasiado, ¿verdad? 
   
Pues bien, la virtud de esta novela es precisamente esa vaguedad sobre el argumento, que permite que el lector vaya imaginando, intuyendo y descubriendo lo que pasa, poco a poco, saboreándolo. Además, cuenta con unas excelentes descripciones de los diferentes entornos en los que se desarrolla la novela y de algunos personajes, de quienes hace un retrato psicológico a través de su aspecto físico. También aprovecha el autor los distintos mundos para hacer valoraciones sobre la sociedad, algunos hechos históricos, la valentía de algunos personajes. Es curioso como en cada uno de esos mundos existe un rebelde que se revela contra lo establecido; una buena moraleja. Confieso, sin embargo, que en algunos momentos no sabía muy bien a dónde quería llegar el autor y me sentía un poquito perdida; he llegado a sospechar de cualquier nuevo personaje que aparecía en la historia, sintiéndome a veces un pelín paranoica. Pero, en general, ha sido una estupenda tarea de investigación.
   En conclusión, he disfrutado mucho de una novela bien escrita, con estupendas descripciones de los ambientes y los personajes, salteada de toques de sarcasmo y de ironía, con alguna que otra realidad imaginada que asusta y muy muy original. Solo puedo dar las gracias a nuestra amiga Mónica Serendipia por darme a conocer esta historia a través de su blog. Espero que alguno de vosotros se anime también a hincarle el diente. 

domingo, 23 de abril de 2017

Odiseo, Ulises, ¿qué más da?

¿Importa el nombre que le demos a los héroes? ¿Habrían hecho lo mismo de haberse llamado de otra forma? Il mio nome è nessuno, título de esta novela de Valerio Massimo Manfredi, parece indicar que no importa demasiado. Pero yo no pondría las manos en el fuego.
   Para empezar, fue el nombre de este escritor lo que hizo que me decidiera por el libro. Ya había sufrido el amargor de ciertas novelas "desconocidas", por haberlas elegido guiándome solo por el título o la portada. Y no era la primera vez que me había "tragado" algún que otro "infumable" por haberme fiado solamente de la síntesis de la contra. No, no estaba dispuesta a pasar por lo mismo de nuevo, y Manfredi significaba para mí garantía de un libro bien escrito, de agilidad en la historia, de alternancia de reflexiones y aventuras, de aprender y recordar hechos históricos, y de disfrutar, de disfrutar mucho. Por eso, apenas me fijé en lo demás.
   Ya lo tenía entre las manos e iba derecha hacia la caja. Estaba dispuesta a correr el riesgo, cuando de repente me entraron las dudas; aún estaba a tiempo de dejarlo si no me gustaba el argumento. Muy despacito giré el libro, y leí la contra. Y vi otro nombre, Odiseo. Y otro más, Troya. Y el entusiasmo me corrió de la cabeza a los pies y me marché de allí con la sonrisita estúpida que el alivio me había puesto en la cara.
   
   Poco a poco fui descubriendo los entresijos de la novela, destapando misterios. El propio Odiseo me los enseñaba página a página, con sus reflexiones, sus dudas y sus miedos. Él mismo me iba contando su historia: la infancia sin su padre, el rey Laerte, de "gira" por el mundo junto a Jasón para buscar el vellocino de oro; su aprendizaje junto a Mentore mientras crecía cuidado por su nodriza Mai y su bella e inteligente madre; el día en que finalmente volvió su padre; su juventud aprendiendo de él y el viaje que hicieron juntos para conocer a los otros grandes reyes de la antigua Acaya; sus primeros pasos como el nuevo rey de Ítaca y su encuentro con Elena y Penélope; y finalmente, Troya.
   No es simplemente otro relato sobre una de las guerras más famosas de la historia; es el relato de Odiseo, uno de sus principales protagonistas. Y lo que hace Manfredi es dejar que él lo cuente como se lo contaría a un amigo, a un confesor, reconociendo sus errores y sus faltas. La historia se mezcla con la leyenda, los personajes ficticios con los que no lo fueron, las partes imaginadas por Homero con las que pudieron haberse producido realmente. Y en medio de todo ello, yo, totalmente enganchada a la lectura, descubriendo a un protagonista más humano y menos legendario de lo que estaba acostumbrada, más real. Es otra característica del autor, dar a los protagonistas de la historia dimensiones reales, debilidades y fortalezas humanas, hacerles de carne y hueso.
   Al cerrar el libro, sentí nostalgia de lo leído, y esto para mí significa haber estado dentro de una buena historia.

domingo, 26 de marzo de 2017

Momentos musicales

No leer sin escuchar a la vez.



Ella estaba segura de haber oído, a lo lejos, el sonido de los cascos de los caballos acercándose a la aldea. Habían empezado ya las primeras nevadas y, dentro de muy poco, todo se quedaría encerrado sin remedio en el pequeño valle que unía las dos montañas gigantes donde habitaban esos dioses tan furiosos que dirigían las vidas de los habitantes del poblado y que obligaban a muchos de ellos a marcharse lejos para asegurarse de poder resistir un invierno más. Era lógico que de un momento a otro volvieran los que se habían marchado al comenzar el otoño.
   Ella casi había olvidado porqué había llegado allí o cuánto tiempo hacía de aquello. Solo recordaba su decisión de quedarse, la paz de su mente y de su cuerpo al haber encontrado su objetivo, la seguridad absoluta de que estaba haciendo lo correcto. El calor de aquella pequeña mano a la salida de la escuela donde acababa de despedirse la sacudió por dentro y la llenó de una convicción absoluta sobre lo que tenía que hacer, permanecer allí hasta su vuelta. Fue tan fácil; solo tuvo que hacer lo que había hecho siempre, no luchar contra lo que se le presentaba, dejarse arrastrar por las circunstancias, pero esta vez sintiéndose feliz, segura de que eso era exactamente lo que quería.
   Así que cuando el ruido de los caballos era ya evidente, cuando la gente se arremolinaba a la entrada de la aldea para recibir a los jinetes, ella apenas podía respirar, solo esperaba verlo llegar entre los demás. Los rumores decían que las luchas habían sido más crudas esta vez, que los enfrentamientos con los compradores en el mercado habían sido mayores, que cada vez era más difícil proteger los productos y conseguir después un buen precio por ellos. Y se aferró a aquella pequeña mano caliente y blandita que había seguido con ella todo ese tiempo.
   Por fin desmontaron los jinetes, por fin aquella manita pudo soltarse de la suya y por fin pudo verlo a él cogiendo al pequeño en volandas y estrujándolo como si estuviera hecho de algodón. Por fin podía sentir aquel latigazo en la punta de los dedos que sintió cuando lo había cogido de las manos para despedirse, aquel chispazo al acariciar su cara cuando le prometía que cuidaría de aquellas manitas calientes y regordetas. Por fin pudo abrazarlo todo lo fuerte que le dejaron sus brazos y sentir la misma tormenta eléctrica que sintió en la despedida. 
   Caían ya los primeros copos, blancos y grandes como plumas. Había que prepararlo todo para el invierno. La casa estaba fría aún, hacía falta recubrirla muy bien de todas aquellas cosas que les unían sin que hubiera una razón lógica. Solo así podrían superar todas las idas y venidas que les estaban aguardando agazapadas. Y el brazo que rodeaba su cintura y la pequeña mano que calentaba su espíritu le aseguraron que pasaría muchos muchos muchos inviernos en aquella aldea.

Qué cosas imagina la mente cuando escucha una música mágica como esta. Sennen no Inori, del grupo japonés Himekami.

domingo, 12 de marzo de 2017

El maestro: Sorolla

Casa museo Joaquín Sorolla. Madrid
Eso de que no solo de pan vive el hombre es una verdad como un templo, porque también vive de darle gusto al espíritu: con arte, con días de sol y con buena compañía. Y ya después se dedica uno al pan, al vino, al aperitivo y a unas buenas raciones con los amigos.
   Ayer fue uno de esos días que salen redondos, que empiezas con un paseo mañanero mientras notas los primeros calorcitos de un sol que promete, sigues con una exposición de esas que te llenan el alma y acabas pasando de unas risas a otras, hablando de lo divino y de lo humano, y brindando por Sorolla.
   ¿Por qué precisamente por Sorolla? Porque gracias a él veníamos de disfrutar de esas cosas que solo los grandes artistas consiguen: transmitir; transmitir sensaciones, atmósferas, vivencias y luz, eso es lo que don Joaquín había hecho en esos cuadros, y nos había dado de lleno a nosotros. Así que... ¡A brindar por él!
   La entrada en su casa ya es un privilegio. Te recibe un jardín pequeño y encantador que parece estar siempre lleno de luz, da igual como esté el día, y que te lleva despacito, de patio a patio y de fuente a rincón hasta la entrada. Dentro está su casa, llena de su vida: sus cuadros, sus pinceles, sus libros, sus fotografías, y estoy segura que de sus pensamientos. Esta vez, además, estaba también la exposición Sorolla en París, que recogía aquellas pinturas con las que el maestro dejó boquiabiertos a los artistas parisinos, al tiempo que él también los admiraba, aprendía de ellos y se hacía más grande, transformando todo aquello en su propia forma de pintar.
   
Cosiendo la vela
Él venía de Venecia, de aprender allí también de los grandes, llevando con él su admiración por Velázquez, que no es poco, lo que le permitía valorar mejor lo que encontraba. De aquí pasó a París, y allí les enseñó algo de lo que llevaba bajo el brazo, a ver qué les parecía. ¿Qué les iba a parecer?:
"Una vez más es un extranjero, Joaquín Sorolla, de Valencia, quien da la nota más resonante y quien produce la mayor impresión”. -- Charles Yriarte, Supplément du Figaro, Paris, 1895."
(…) [los apuntes] encerraban en sus pocos centímetros cuadrados toda la brisa marina, toda la magia huidiza del Mediterráneo, con un brío, con una ciencia, con un ardor, con una flexibilidad y un virtuosismo en los valores, que maravillaban la vista y el espíritu”. -- Camille Mauclaire. L’Art et la Décoration, 1906."
   Sorolla aprendió todo lo que pudo, en lo que era el centro del mundo artístico, empapándose del naturalismo, el impresionismo y la increíble vida artística que existía en París. A cambio les dejó la luz del Mediterráneo, la calidez de su sol, la habilidad de pintar la atmósfera y su maestría para tocar el corazón, al menos el mío.
  Yo sentía la brisa del mar cuando te acercas a la orilla para mojarte los pies, notaba el calor del sol cuando te sientas en las rocas, el frescor y el resguardo de las parras cuando fuera aprieta el bochorno. Notaba su amor por su familia en los retratos que se exponían, el respeto por el otro en sus pinturas de pescadores, mujeres y niños, y su enorme amor al mar. Era imposible pasear entre sus cuadros sin emocionarse, sin disfrutar. Alguna amiga me enseño su carne de gallina ante una de sus obras. A menos que se tuviera agua en las venas o los pies muy doloridos, era impensable moverse por allí, de paso, como el que ve escaparates; no quedarse clavado al suelo ante un agua cristalina que se movía y reflejaba los rayos del sol; no abrir la boca como un bobo viendo chapotear a los niños en la orilla o a los pescadores arrastrando sus barcas.
Pescadores valencianos

    No, imposible. La única posibilidad que esta exposición dejaba era la de marcharse de allí flotando, habiendo alimentado al espíritu con el mejor manjar, y dejándolo ya listo para las necesidades del cuerpo, que en este caso se apaciguaron con un tinto ribera, un blanco barbadillo y unas raciones a su altura.
   "Aquello no es pintar, es robar a la naturaleza la luz y los colores. -- Vicente Blasco Ibáñez, 1887."

domingo, 5 de marzo de 2017

Una auténtica montaña rusa

No sé que me pasa últimamente con los libros que leo, que me resulta muy difícil escribir sobre ellos. Algunos, porque apenas me han sacudido y han sido más un entretenimiento en los viajes que una vivencia. Otros, porque han supuesto tantos altibajos que no sé cómo explicarlos.
   Eso es lo que me pasa con La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza, que no sé por dónde empezar. Porque todo ha sido un subir y bajar constante. Ha habido momentos verdaderamente magistrales, en los que la ironía estaba manejada con tanta habilidad que las carcajadas se me escapaban en medio de un vagón atestado de gente comatosa y anestesiada por lo intempestivo de la hora. Esa ironía hacía que el ridículo o la grosería de lo que se vivía en la novela se mantuvieran sujetos, sin escaparse, para que la escena resultará genial en vez de grotesca. Otras veces, sin embargo, me tenía que meter entre pecho y espalda unas cuantas páginas de pensamientos e ideas manidas que me cansaban más que el madrugón que acababa de darme y que me hacían buscar cuánto faltaba para el final; un "subeybaja" continuo, ¡vaya!
   A pesar de eso tengo que ser honesta y confesar que Onofre Bouvila ha conseguido engancharme la mayor parte del tiempo, y con él, y sobre todo, su ciudad, Barcelona, con la que cambia y crece y se transforma a la vez. La historia de los dos se une de exposición universal en exposición universal. Desde 1888 a 1929, el autor nos cuenta la historia de Barcelona y de España, utilizando a Onofre y todo lo que le rodea, que no es poco. Vemos cambiar a los dos al mismo tiempo, uno gracias a la otra y al revés, dando saltos en el tiempo a través de los recuerdos del protagonista. Esto me resultaba a veces un poco confuso, pero enseguida volvía a situarme en el meollo y a coger las riendas. Esos saltos, además, han estado acompañados del más puro estilo "esperpéntico" de Valle Inclán, al entremezclar perfectamente la descripción cruda y real con la superstición y la legenda.
Publicado por DOVEL

   Onofre es un niño pobre que se marcha a la gran ciudad a ganarse la vida, dando con sus huesos en una pensión de mala muerte donde aprende a sobrevivir y donde se une a ciertas personas que le acompañarán el resto de su vida. Será su inteligencia, su frialdad y su falta de escrúpulos los que le llevarán a lo más alto, a la abundancia y al poder más absolutos, influyendo en todo, absolutamente en todo lo que transforma Barcelona.
   La forma de narrar es tranquila, pausada, como de otra época, cuando se escribía para que leyéramos sin prisa, solamente para contarnos cosas y no para sacudirnos permanentemente. Por eso se detiene en los detalles, en la descripción de las escenas y de los pensamientos, sobre todo de Onofre, sin apenas diferenciar los diálogos, que no son muchos, de la narración. Los golpes de ironía y de sarcasmo aparecen a todas horas y sin avisar, como si el autor quisiera romper el ritmo de las vidas tristes y sórdidas de los personajes, algo que he agradecido muchísimo para superar esos momentos en los que desconectaba de la historia.
   
Exposición universal de 1929
Que es una novela interesante, no hay duda; que se merece el reconocimiento que tiene, no lo discuto; pero que me ha producido una sensación de amor-odio permanente, por supuesto. Y esto es lo que me hace tan difícil describirla y analizarla como seguramente se merece. Por eso, lo mejor en estos casos, es dejar paso a las experiencias de otros, para comparar y aprender. Así que, aquí os dejo el guante.

domingo, 19 de febrero de 2017

El Principito

Mientras estudiaba el bachillerato, El Principito era una de esas lecturas  que entusiasmaba a todo el mundo; leerlo te incluía en los grupos "culturetas" del momento; era el libro que "había" que leer si querías entrar en las conversaciones "guays"; era la historia que te tenía que impactar si querías demostrar tu "riqueza" interior. Y yo, que siempre he estado fuera de lugar, que nunca he conseguido encajar en ninguna parte y que "demostraba" haberme caído de otro planeta, tenía mis narices totalmente metidas en El Quijote y mi corazón atado a Becquer. Cuanto más entusiasmo demostraban los demás, menos ganas me daban a mí de leerlo, y este defecto, que me ha acompañado hasta ahora, ha mantenido este libro lejos de mí durante años. 
   Sin embargo, un buen día, el destino que es muy suyo, decidió volver a la carga y hacerme entrar por el aro. Buscando lecturas para mi clase de francés (a ver si avanzaba de una vez por todas), intentaba alcanzar un novela de Amin Maalouf que algún "reponedor espabilao" había decidido colocar en la última balda de la estantería. Como si fuera un complot del cosmos, en el intento se calló a mis pies un libro pequeño y de pocas páginas, que además tenía el precio perfecto. Y fue así como El Principito se presentó ante mis narices al cabo de los años, dándome otra oportunidad para enmendar mi error. Y aunque torcí el gesto de nuevo, terminé rindiéndome a la evidencia.
   
   Página a página, y poco a poco por algún que otro tropiezo con el idioma, fui descubriendo lo que había enamorado a mis compañeros de bachillerato y a miles de personas en todo el mundo. Paso a paso fui entrando en los entresijos de la historia, viajando con el pequeño príncipe por todos esos planetas hasta llegar al nuestro. Fui desentrañando la "moraleja" que Antoine de Saint-Euxpéry presentaba con ese envoltorio de cuento infantil, sus reflexiones sobre la amistad, la soledad, el objetivo que cada uno se marca en la vida, y todos esos rasgos que la mayoría de vosotros ya sabréis.
   Y así llegué al final, en un abrir y cerrar de ojos, en un volver y pasar de página; con una sensación muy agradable y el orgullo personal de haber superado un antiguo prejuicio. Soy consciente de que no estoy descubriendo nada nuevo y de que no aporto nada original sobre sus virtudes. Pero me da igual; yo me paso por aquí para contar lo que siento con un libro, aunque no siempre consiga transmitirlo con eficacia, y a que me contéis, si queréis, lo que habéis experimentado vosotros. Así que, ¡adelante!

domingo, 5 de febrero de 2017

Anne Perry no defrauda

Así, es. Hasta ahora, esta escritora nunca me ha defraudado. Es una de mis mejores píldoras de desintoxicación después de un libro maravilloso. Porque cuando termino un libro que me ha robado el corazón, me resulta muy difícil elegir otro; tengo la cabeza y el espíritu llenos de su historia y sus personajes, y necesito buscar algo que me desenganche, pero que esté a la altura. Entonces llega Anne Perry y me rescata de ese vacío, me presenta un buen crimen, se lo encarga a uno de sus detectives estrella y me seduce mientras doy el salto a la siguiente lectura.
   Por eso, cuando paseaba entre las estanterías de la librería, los ojos se me escaparon derechitos hacía la última novela de esta autora, Un misterio en Toledo, que aparecía deslumbrante en la cima de la montaña de "novedades". Desde allí me provocaba constantemente, daba igual el sitio en el que me colocase, ¡cómo si yo fuera una mujer difícil que se fuera a resistir! En absoluto. Me lancé como una flecha a por él, leí el resumen de la contraportada y me lo llevé bajo el brazo directamente a caja, para que no hubiera otras posibles tentaciones.
   Y así es como conseguí engancharme de nuevo, gracias a una historia de intriga de la buena, que mezcla cuestiones de fe, de intereses políticos y de venganzas personales. Además, parte de la historia transcurría en Toledo y algunos de los personajes eran españoles, lo que despertó mi curiosidad sobre la forma en que los trataría la autora: ¿con los tópicos habituales?, ¿como un simple instrumento? o ¿bien "armados" como acostumbra? Aunque tengo que decir que la historia ha sido más flojilla que otras veces, sus "virtudes" continúan siendo las mismas que me atraparon hace años: una excelente recreación de los lugares y de las situaciones; unos personajes muy reales y muy creíbles, y un argumento interesante y bien construido, que consiguió atraparme de principio a fin.
   En esta ocasión, la situación social y política tienen mucho que ver en la historia: el siglo XIX estaba acabando y la mayor parte de Europa hacía frente a una grave crisis política y económica: amenazas terroristas, luchas sociales, y el temor de que la guerra entre España y Estados Unidos por el dominio de Cuba arrastrara también a Inglaterra. Con este ambiente, llega a Londres desde Toledo, Sofía Delacruz, para predicar una nueva filosofía religiosa que ponía los pelos de punta al más pintado y levantaba ampollas entre ateos y creyentes, daba igual su credo. Thomas Pitt y su equipo deberán protegerla de las amenazas continuas que recibe, por eso, cuando desaparece, Pitt y su esposa Charlotte (que no se pierde una) se entregan en cuerpo y alma a resolver el caso, cada uno en su terreno.
Instituto Provincial de Toledo. Foto tomada de ABC.Toledo
   Lo de menos aquí es el argumento que, como decía, ha sido más débil que en sus novelas anteriores, con algunos puntos no muy creíbles y algunos personajes un tanto planos para lo que me tiene acostumbrada. Sin embargo, su capacidad de recrear ambientes es la misma: desde los sórdidos tugurios del crimen, donde el Támesis es imprescindible para marcar esa sensación de suciedad y frío que rodea al mal, hasta las bibliotecas y saloncitos de té de las maravillosas casas de la aristocracia victoriana en donde reciben a nuestro detective, unas elegantes y cálidas, otras frías e hipócritas, pero todas grandiosas. En esta novela, se une además la ciudad de Toledo, con sus calles estrechas y misteriosas, sus conventos y hasta una pequeña "colonia" de ingleses perfectamente integrados en su vida social. Y mientras descifraba los hechos y escudriñaba a los posibles sospechosos, disfrutaba de una historia bien documentada en sus referencias sobre lo que supuso entonces la guerra de Cuba y la situación de revueltas sociales y políticas que sufría España.
   Ahora, al cerrar el libro y la historia, Thomas y Charlotte Pitt me han dejado el espíritu dispuesto para la próxima lectura. Ellos tampoco me defraudan.

domingo, 29 de enero de 2017

Simplemente magia

Es evidente que no voy a descubrir ahora las virtudes de Irène Nèmirovsky como escritora. Tampoco, una de sus novelas más conocidas, Sutie Francesa. Pero lo que sí voy a hacer es dar rienda suelta a la admiración que tengo por esta mujer, por su elegancia a la hora de relatar, por la sencillez tan poética en su manera de contar las historias y por su facilidad y comprensión para ponerse en el lugar del otro.
   Después de saber cómo terminó su vida, en un campo de concentración nazi, después de haber vivido en la sombra, sin poder publicar y llevando la estrella amarilla por ser judía, es impactante (y emotiva) la elegancia que demuestra al hablar de la ocupación alemana en Francia, su compresión tanto del invadido como del invasor, la cruda descripción de la huida de París, del "éxodo" como ella lo llama, y de los diferentes comportamientos de los personajes en su lucha por sobrevivir.
   Leer a Nèmirovsky resulta tan fácil, sin gramáticas rebuscadas ni vocabulario complicado, que todo fluye sin esfuerzo. Su lenguaje preciso, rico y cercano consigue crear como nadie el ambiente en el que se mueven los protagonistas: el miedo, la angustia, la incertidumbre, la esperanza, y hace que les conozcamos a través de pequeños detalles, con sutiliza, sin explicarnos nada, sino permitiendo que lo deduzcamos nosotros solos.
   La primera parte de la novela, en la que se describe la larga marcha de los refugiados, es tan actual, que casi da miedo. El silencio, a pesar de la multitud, las pertenencias acarreadas de cualquier manera, las largas filas de coches... transmiten la tensión, el miedo; el rechazo en los lugares por donde pasan, la escasez de casi todo, la masa sin rostro que provoca una mezcla de miedo e incertidumbre entre los propios franceses. Con una sencillez que asombra, va retratando a los personajes, a quienes las situaciones extremas les hacen reaccionar según sus sentimientos más escondidos: con egoísmo o con generosidad, con cobardía o con arrojo, con piedad o con rabia, y hacen que nos preguntemos qué haríamos nosotros. 
   
Escena de la película
Al mismo tiempo, crea un relato dinámico gracias a la variedad de personajes, cada uno con su propio pasado y con su propia carga, y a los distintos lugares y situaciones que van apareciendo. Y el dolor y el miedo se mezclan con la belleza y la paz, como dándonos a todos un respiro. 
   Después, cuando se centra en la relación de Lucile y el general alemán, consigue plasmar los distintos puntos de vista, las diferentes reacciones de los personajes ante la ocupación, sin juzgar, simplemente mostrando las razones de cada uno para actuar como lo hace, sin adoctrinar al lector ni llevarlo a su terreno, sino dándole libertad para que él elija, algo que deberían aprender algunos escritores actuales.
   Siempre que cierro un libro de esta escritora tengo la sensación de acercarme más a ella, como si hubiera utilizado su novela para hacerme confidencias, para ser su amiga. Sin alharacas ni aspavientos, tranquilamente y con enorme elegancia, Irène Nèmirovsky hace magia.

domingo, 15 de enero de 2017

El regreso

Hace frío fuera del blog. Ya os lo digo. El tiempo pasa de prisa, la rutina vence casi siempre, las obligaciones son unas tiranas y, cuando quise darme cuenta, hacía tanto tiempo que no volvía a mi refugio personal, a mi rincón, que empecé a sentirme extraña en mi propio "espacio".
   Pero ¡Qué fácil es volver! Por suerte, los dedos recuerdan perfectamente dónde están las teclas y cuál es el recorrido necesario para llenar la hoja en blanco. Y para sentirme en casa de nuevo, nada mejor que hablaros de mis últimas lecturas.
   Empezaré con El nombre propio de la felicidad, de María Jeunet, un libro que cogí con ganas, que tenía toques de humor, buenos trucos para engancharte y un argumento entretenido. Pero según avanzaba el libro, la historia de Nico se me hacía más forzada, menos real. Si hubiera sido una película del tipo Descalzos por el parque, no tendría objeciones, pero en un libro, necesito que la historia me resulte posible, o si no, que me la presenten de antemano como una fábula.
   Nuestro protagonista es un joven atractivo que vive en una buhardilla en París y que, aunque trabaja vigilando las cámaras del metro, en realidad es escritor de cuentos infantiles, concretamente, de uno tan tan famoso que no hay niño que no lo conozca y lo adore. Además es bueno hasta decir basta, encantador, pendiente de hacer felices a quienes le rodean, amigo de sus amigos, en fin, un "premio de la lotería". Se enamora de una chica que ve en uno de los andenes, la busca sin descanso, se devana los sesos para poder encontrarla, la encuentra, se conocen, se enamora, y todo esto, mientras visita a su madre sin falta todos los fines de semana, le busca novio a su jefe, ayuda a su amigo a reconciliarse con su exmujer, a su amiga de la infancia a tener su propio café, a su amiga enferma a sobrellevar el tratamiento y, además, hace frente a su editor, que le presiona día y noche para que escriba otro maravilloso cuento que le permita quedarse en esa editorial. 
   
  Llegó un momento que me quedé sin aliento de tantos malavares, y eso que todo está bastante bien hilvanado, los personajes caen bien y las historias de cada uno se van intercalando en su justa medida, para no cansar y para ayudar a Nico, nuestro protagonista, a lucir cualidades. Hay buen rollo, buena gente y buenos sentimientos, quizás demasiados para mí en ese momento. Ni siquiera el revés que sufre nuestro amigo rompe ese ritmo. El problema para mí era que no me lo creía. Y cuando eso pasa, todo lo demás se vuelve menos importante.
Sin embargo, y a pesar de todo, llegué hasta el final, me alegré de los éxitos de  los personajes, se me escapó algún que otro puchero allí donde había que hacerlos y lo cerré satisfecha de una lectura que me había acompañado un tiempecito y que me había entretenido.
El siguiente libro fue... Bueno, eso mejor lo dejo para una próxima entrada que me anime a volver prontito por aquí. Nos leemos.
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